No quiso Baltasar que hiciera Blimunda aquella caminata a pie, y alquiló un burro, y, hechas las despedidas, se pusieron en marcha dejando sin respuesta las preguntas de Inés Antonia y del cuñado, Adónde vais, que por ese viaje vas a perder dos jornales, y si ocurre algo malo no sabremos dónde avisar, probablemente la fatalidad de que hablaba Inés Antonia era la muerte de João Francisco, que ya andaba rondándole la puerta, daba un paso para entrar, se arrepentía, tal vez le intimidara el silencio del viejo, cómo se va a decir a un hombre, Ven conmigo, si él no pregunta ni responde, sólo mira, con una mirada así hasta la muerte se acobarda. No sabe Inés Antonia, no sabe Álvaro Diego, el hijo de ellos está en la edad de sólo querer saber de sí mismo, que a João Francisco le dijo Baltasar adónde iban, Padre, voy con Blimunda al Monte Junto, a la sierra del Barregudo, a ver cómo está la máquina en que volamos desde Lisboa, se acuerda, cuando dijeron por aquí que el Espíritu Santo había pasado por el aire, sobre la obra, no fue el Espíritu Santo, fuimos nosotros, con el padre Bartolomeu Lourenço, se acuerda, aquel cura que estuvo aquí en casa cuando madre aún vivía, y ella quiso matar el gallo, pero él no la dejó, y dijo que mucho mejor que comer el gallo era oírlo cantar, y que no podíamos hacerles una cosa así a las gallinas. Oyó estos recuerdos João Francisco, y él, que solía no hablar, dijo, Me acuerdo de todo, y tú vete tranquilo, que aún no estoy para morirme, si llega la ocasión ya daré contigo donde estés, Pero padre, cree de verdad que yo volé, Cuando somos viejos es cuando las cosas del porvenir empiezan a ocurrir, y una razón de que sea así es que ya somos capaces de creer en aquello de que dudábamos, e, incluso no creyendo que haya ocurrido, creemos que ocurrirá, Yo he volado, padre, Y yo te creo, hijo.

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