Desde que la máquina voladora descendió en las laderas del Monte Junto, se contaban por seis, o quizá siete, las veces que Baltasar Sietesoles se puso en marcha para ver y remediar en lo posible los estragos que el tiempo iba causando, pese a la protección del bosque y de los brezos. Cuando vio que empezaban a oxidarse las planchas de hierro, llevó una cazuela con sebo y las untó cuidadosamente, renovando la operación cada vez que volvía por allí. También se había acostumbrado a cargar a cuestas un haz de mimbres, que cortaba en una tierra medio pantanosa que le quedaba de camino, y con ellos remendaba los fallos y desgarrones del trenzado, no siempre de causa natural, como cuando encontró dentro de la carcasa una camada de seis rapositos. Los mató como si fuesen conejos, dándoles con el gancho en lo alto de la cabeza, y luego los tiró lejos, unos aquí, otros allá, al azar. El padre y la madre encontrarían a los hijos muertos, olerían la sangre, lo más seguro es que nunca volvieran a aquel lugar. Durante la noche les oyó los chillidos. Le habían seguido el rastro. Cuando encontraron los cadáveres soltaron alaridos, pobrecillos, y, como no sabían contar, o, sabiendo, no tenían la seguridad de que estuvieran muertas todas las crías, se acercaron a lo que había sido refugio suyo y era máquina de volar ajena, aunque posada en tierra, prudentemente se fueron acercando, temerosos del olor del hombre, y, al fin, olfatearon otra vez la sangre derramada de su sangre y retrocedieron con el pelo erizado, roznando. No volvieron a aparecer. Sin embargo, el remate del caso podría haber sido diferente si en vez de raposos hubieran sido lobos. Y por pensarlo así, Sietesoles, desde aquel día, llevaba la espada, con el filo bastante comido de herrumbre, pero aún muy capaz de degollar lobos y lobas.

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