Aquella noche contó Manuel Milho el final de la historia. Le había preguntado Sietesoles si los soldados del rey habían conseguido encontrar a la reina y al ermitaño, y él respondió, No los atraparon, recorrieron el reino de punta a punta, buscaron casa por casa, y no los encontraron, y tras decir esto, se calló. Preguntó José Pequeno, Bueno, y ésa es una historia para andarla contando toda una semana, y Manuel Milho respondió, El ermitaño dejó de ser ermitaño, la reina de ser reina, pero no se ha averiguado si el ermitaño llegó a hacerse hombre y si la reina llegó a hacerse mujer, para mí que no fueron capaces, si no, nos habríamos enterado, si un día pasa una cosa así no será sin que haya una gran señal, pero con éstos no, ya hace tantos años que ocurrió el caso que no pueden estar vivos ni el uno ni el otro, y con la muerte siempre se acaban las historias. Baltasar golpeó con el gancho de hierro una piedra suelta. José Pequeno se frotó la mandíbula, áspera de barba, y preguntó, Cómo se hace hombre un boyero, y Manuel Milho respondió, No lo sé. Sietesoles tiró el guijarro a la hoguera y dijo, Tal vez volando.

Durmieron aún otra noche en el camino. Entre Pêro Pinheiro y Mafra emplearon ocho días completos. Cuando entraron en la explanada fue como si llegaran de una guerra perdida, sucios, andrajosos, sin riquezas. Todos quedaron asombrados ante el tamaño desmedido de la piedra, Qué grande. Pero Baltasar murmuró, mirando la basílica, Qué pequeña.

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