Cuando apareció la primera luz del día filtrándose entre los mimbres, Blimunda, desviando los ojos de Baltasar, se levantó lentamente, desnuda como había dormido, y salió por la escotilla. La estremeció el aire frío de la mañana, la estremeció tal vez más la ya casi olvidada visión de un mundo hecho de transparencias sucesivas, tras la amurada de la máquina y la red de zarzas y trepadoras, la silueta irreal del asno, y a través de él matojos y árboles que parecían fluctuar, al fin, la más sólida espesura del monte próximo, si allí no estuviera, veríamos los peces del mar distante. Blimunda se aproximó a una de las esferas y miró. Allá dentro, circularmente, se movía una sombra, como un torbellino de viento visto a gran distancia. En la otra esfera había una sombra igual. Blimunda volvió a bajar por la escotilla, se hundió en la penumbra del huevo, buscó entre las ropas su pedazo de pan. Baltasar no se había despertado aún, tenía el brazo izquierdo medio oculto por el follaje, a la vista el hombre entero. Blimunda se quedó dormida otra vez. Era día claro cuando sintió que despertaba con el contacto instantáneo de Baltasar. Antes de abrir los ojos, dijo, Puedes venir, ya he comido el pan, y entonces Baltasar entró en ella sin miedo, porque ella no entraría en él, así fuera prometido. Cuando salieron del interior de la máquina, mientras se iban vistiendo, preguntó Baltasar, Has ido a ver las voluntades, Sí, respondió ella, Y están ahí, Están, A veces pienso que deberíamos abrir las esferas y dejarlas ir, Si las dejamos ir, será igual que si no hubiera ocurrido nada, sería como si no hubiéramos nacido, ni tú, ni yo, ni el padre Bartolomeu Lourenço, Siguen pareciendo nubes cerradas, Son nubes cerradas.

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