Bajaron la sierra, tomaron por prudencia otros caminos, Lapaduços y Vale Benfeito, siempre bajando, y porque cuanta más gente hubiera menos se fijarían en ellos, ladearon Torres Vedras, luego hacia el sur, por la ribera de Pedrullos, si no hubiera tristeza ni miseria, si en todo lugar corriesen las aguas sobre las piedras, si cantasen aves, la vida podría ser siempre estar sentado en la hierba, coger una margarita y no arrancarle los pétalos por ser ya sabidas las respuestas o por ser éstas de tan poca importancia que descubrirlas no valdría la vida de una flor. Hay también otros simples y rústicos placeres, como lavarse Baltasar y Blimunda los pies en el agua, ella levantando la saya hasta la curva de la pierna, va a ser mejor que la baje, porque por cada ninfa que se baña, hay siempre un fauno al acecho, y éste está cerca y arremete. Blimunda huye del agua riendo, él la agarra por la cintura, caen ambos, cuál debajo, cuál encima, ni parecen personas de este siglo. El burro levanta la cabeza, aguzando las largas orejas, pero no ve lo que nosotros vemos, sólo una agitación entre las sombras, los árboles cenicientos, el mundo de cada uno es los ojos que tiene. Baltasar levanta a Blimunda en brazos, va a posarla en la albarda, arre burro, toque-toque. Es la hora del atardecer, no corre viento, ni brisa, ni un soplo mínimo, siente en la piel el suspiro del aire como otra piel, no se encuentra diferencia alguna entre Baltasar y el mundo, entre el mundo y Blimunda qué diferencia podría haber. Es de noche cuando llegan a Mafra. Arden hogueras en el alto de la Vela. Si las llamas se prolongan y se ensanchan se ven los muros de la basílica, irregulares, las hornacinas vacías, los andamios, los agujeros negros de las ventanas, más ruina que construcción nueva, siempre es así cuando se ausenta el trabajo de los hombres.