Fatigosos días, mal dormidas noches. En estos barracones reposan los obreros, pasan de veinte mil, acomodados en cubículos toscos, para muchos, no obstante, mejor cama que la que en sus casas no tienen, sólo la estera en el suelo, el dormir vestido, la capa por único agasajo, al menos en tiempo de fríos se calientan aquí los cuerpos unos a otros, peor es cuando viene el calor con rebaños de pulgas y de chinches chupando sangre, y también los piojos de cabeza, los otros del cuerpo, los pruritos torturadores. Y la comezón del sexo, el tragarse los humores, las descargas seminales del sueño, el vecino del camastro refocilándose, si no hay mujeres, qué vamos a hacer. Es cierto que hay mujeres, pero no llegan para todos. Los más afortunados son los de la primera leva, que pudieron juntarse con viudas y abandonadas, pero Mafra es pequeña, en poco tiempo no quedó mujer vacante, ahora la preocupación de los hombres es defender de tentaciones y asaltos su jardín, aunque sea de pocos o ningunos encantos. Algunas cuchilladas ha habido por razones de este tipo. En caso de muerte, viene el corregidor del crimen, vienen los cuadrilleros, si es preciso echa una mano la tropa, va el matador para la cárcel, caso en el que, de dos una, si el criminal fue el hombre de la mujer, en poco tiempo tiene sucesor, si de la mujer era el hombre muerto, en menos tiempo aún sucesor tiene.