Mediada la mañana acabaron el trabajo. Más por haberla cuidado hombre y mujer que por haber sido dos los cuidadores, la máquina parecía renovada, tan despierta como en su primer vuelo. Tirando de los zarzales y enredándolos, Baltasar cerró el paso de entrada. A fin de cuentas, esto es un cuento de hadas. Ante la gruta hay un bosque de robles, si lo que vemos no es más bien un río sin barca ni remos. Sólo desde lo alto se vería el singular techo negro de la gruta, sólo una passarola que pasase por encima, pero la única que existe está derrumbada aquí, y las aves comunes, las que Dios hizo o mandó hacer, pasan y vuelven a pasar, miran y vuelven a mirar, y no lo entienden. Tampoco el burro sabe a lo que vino. Bestia alquilada, va a donde lo llevan, carga cuanto le pongan encima, todos los viajes son iguales para él, pero ojalá todos los de su vida fuesen como éste que la mayor parte del camino vino sin carga, con lirios en las orejas, algún día había de ser la primavera de los burros.

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