Pasan de largo los frailes del hospicio, por apariencia de virtud, no tengamos lástima de éstos, que jamás se ha visto congregación tan conocedora de cómo se alternan y compensan mortificaciones y consuelos. Van con los ojos bajos, tintineando las camándulas, las del rosario que llevan a la cintura, las de la parte que ocultamente dan a besar a las penitentes, y si algún cilicio de crines les ciñe los riñones, o de púas en caso extravagante, podemos apostar que a ellos no les ciñen los riñones ciliciosamente, y léase esto con mucha atención para que no escape su entendimiento. Si no acuden a otras obras y obligaciones, van a asistir a las dolencias del hospital, a soplar y acercar el caldo, a encomendar a los moribundos, que días hay en que mueren dos o tres, sin que les valgan los santos de invocación de las enfermerías, a saber, San Cosme y San Damián patrones de los médicos, San Antonio, tan capaz de pegar huesos como de remendar botijas, San Francisco, por saber de estigmas, San José, por carpintear muletas, San Sebastián, que mucho resistió a la muerte, San Francisco Xavier, por ser entendido en medicinas orientales, Jesús María José, la sagrada familia, pero en todo apartada la ralea de las personas de distinción y de los oficiales militares, que ésos tienen enfermería aparte, y por esa desigualdad, sabiendo los frailes de dónde les viene el convento, se pueden evaluar las diferencias de trato y extremaunción. Tíreles la segunda piedra quien no cayó nunca en pecados afines, el mismo Cristo favoreció a Pedro y animó a Juan, y eran doce los apóstoles. Un día se averiguará que judas traicionó por celos y abandono.