João Elvas pasó todo este día al cálido abrigo de las tabernas, adobando con el cuenco de vino las viandas de la alforja, pródigamente abastecida por la despensa de su majestad. En general, los pordioseros se habían quedado en la villa, esperando que escampara para alcanzar luego al cortejo. Pero la lluvia no paró. Caía la noche cuando los primeros coches de la comitiva de Doña María Ana empezaron a entrar en Vendas Novas, con más apariencia de ejército en desbandada que de cortejo real. Las cabalgaduras, derrengadas, apenas podían arrastrar las berlinas y los coches, algunas doblaban las manos y morían allí mismo, sujetas aún por los arreos. Los criados y los mozos de cuadra agitaban las antorchas, el griterío era ensordecedor, y fue tal la confusión que resultó imposible encaminar a sus respectivos aposentos a todos los acompañantes de la reina, de modo que muchos de ellos tuvieron que volver a Pegões, donde se instalaron al fin, sabe Dios en qué deplorable estado. Fue una noche de gran desastre. Al día siguiente, echaron cuentas y se vio que habían muerto decenas de mulas, sin contar las que quedaron por el camino, con el pecho reventado o los miembros partidos. A las damas les daban vahídos y desfallecimientos, los señores disimulaban la fatiga rodando la capa por los salones, y la lluvia continuaba inundándolo todo, como si Dios, por enfado particular no comunicado a la humanidad, hubiera decidido repetir el diluvio universal, ahora definitivo.

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