Por la mañana temprano salió al fin de Vendas Novas la comitiva de la reina, ya con los carruajes que habían quedado rezagados, pero no todos, perdidos algunos para siempre, o de más demorada reparación, pero todo lleva un aire triste, empapados los paños, deslucidos los oros y el color, si no viene un rayo de sol va a ser ésta la boda más triste que se haya visto jamás. Ahora no llueve, pero el frío aprieta y quema las carnes, no faltan sabañones para esas manos, pese a los ungüentos y al abrigo, hablamos de las damas, claro está, tan ateridas y resfriadas que dan pena. Al frente del cortejo va una partida de peones camineros, en carretas de bueyes y, en cuanto ven un atolladero, un arroyo desbordado o un alud, saltan y ponen remedio al caso, mientras queda parado el cortejo, esperando en medio de la gran desolación de la naturaleza. De Vendas Novas y otros lugares próximos habían venido yuntas de bueyes, no una o dos, sino decenas, para sacar de los barrizales las carrozas, las berlinas, las galeras, los coches que constantemente quedaban presos en ellos, con esto se pasaba el tiempo, desuncir mulas y caballos, atraillar bueyes, tirar, desuncir los bueyes, uncir caballos y mulas, en medio de griterío y zurriagazos, y cuando el coche de la reina se atascó hasta los cubos de las ruedas y fue preciso sacarlo del atolladero con seis yuntas de bueyes, un hombre que allí estaba, y que había venido de su tierra por mandado del alcalde, dijo hablando consigo mismo, aunque estaba cerca João Elvas y lo oyó, Parece como si estuviéramos tirando de la piedra de Mafra. Siendo hora de esforzarse los bueyes, holgaban un poco los hombres, por eso João Elvas preguntó, Qué piedra fue ésa, y el otro respondió, Era una piedra del tamaño de una casa que llevamos de Pêro Pinheiro a Mafra, sólo la vi cuando llegó, pero aún eché una mano, andaba yo entonces por allá, Y era grande, Era la madre de la piedra, eso dijo un amigo que la trajo de la cantera y que luego se fue a su tierra, yo me vine también, no quise seguir allí. Los bueyes, atascados hasta la barriga, tiraban sin esfuerzo aparente, como si quisieran, por las buenas, convencer al fango de que dejara de hacer presa. Al fin se asentaron en firme las ruedas del coche, y entre aplausos la máquina fue arrancada del atolladero, mientras la reina sonreía, la princesa saludaba y el infante Don Pedro, un chiquillo, intentaba ocultar su enfado porque no le dejaban patinar en el barro.

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