Durante todo ese día Baltasar dudó que hubiera sostenido aquella conversación, o si la había soñado, o si, simplemente, había sido un sueño de Blimunda. Miraba los grandes animales suspendidos de los ganchos de hierro antes de ser cuarteados, forzaba los ojos, pero no veía más que la carne opaca, desollada o lívida, y cuando los pedazos o tajadas se extendían en las bancadas o eran arrojados a los platillos de las balanzas, comprendía que el poder de Blimunda tenía más de condena que de premio, porque el interior de estos animales no era realmente un gusto para la vista, como no lo sería el de las personas que vienen a la carne, ni el de las que la venden, o cortan, o cargan, que éste es el oficio de Baltasar. Por otra parte, ya en la guerra vio lo que está viendo aquí, que para averiguar lo que hay dentro siempre es preciso un cuchillo o una bala, un hacha o un filo de espada, un facón o un proyectil, entonces se desgarra la frágil piel, aún más dolorida virginidad, aparecen los huesos, y las tripas, y con esta sangre no vale la pena bendecirnos, porque no es de vida y sí de muerte. Son pensamientos confusos, que esto dirían si pudiesen ser puestos en orden, libres de excrecencias, ni vale la pena preguntar, En qué estás pensando, Sietesoles, porque él respondería, creyendo decir verdad, En nada, y sin embargo ya pensó todo esto, y aún más, que fue acordarse de sus propios huesos, blancos entre la carne desgarrada, cuando lo llevaban a retaguardia, y luego la mano cortada, caída en el suelo y apartada de un puntapié por el cirujano, Venga otro, y el que venía, pobre hombre, peor iba a quedar, si es que escapa con vida, sin dos piernas. Quiere uno conocer los misterios, y para qué, cuando debería bastarle despertar por la mañana y sentir, adormecida o despierta, a la mujer que vino con el tiempo, el mismo tiempo que mañana la llevará, quién sabe si para otra cama, jergón puesto en el suelo, como éste, o lecho de relieves y festones de oro, que no faltan, dar y llevar, trocar y traer, y es locura o tentación del diablo preguntarle, Por qué comes tu pan con los ojos cerrados, si no comiéndolo eres ciega, no lo comas para no ver tanto, Blimunda, porque ver como tú ves es la mayor de las tristezas, o sentido que aún no podemos soportar, Y tú, Baltasar, en qué piensas, En nada, no pienso en nada, no sé si alguna vez pensé algo. Eh, Sietesoles, arrastra para aquí esos tocinos.