No durmió él, ella no durmió. Amaneció y no se levantaron, Baltasar sólo para comer unos torreznos fríos y beber una jarrilla de vino, pero después volvió a acostarse, Blimunda quieta, con los ojos cerrados, alargando el tiempo del ayuno para que se le aguzaran las lancetas de los ojos, estiletes finísimos cuando al fin salieron a la luz del sol, porque éste es el día de ver, no el de mirar, que ese poco es lo que hacen quienes, no teniendo ojos, son otra categoría de ciegos. Pasó la mañana, fue la hora de almorzar, que es éste el nombre de la refección del mediodía, no lo olvidemos, y al fin se levanta Blimunda, cerrados los párpados, hace Baltasar su segunda comida, ella, para ver, no come, él ni así vería, y luego salen, el día está tan sosegado que ni parece propio de acontecimiento tal, Blimunda va delante, Baltasar detrás, para que ella no lo vea, para saber él lo que ella ve, cuando se lo diga.