Duerme Baltasar en el lado derecho del jergón, desde la primera noche duerme ahí, porque es de ese lado su brazo entero, y, al volverse hacia Blimunda puede, con él, ceñirla contra sí, correr los dedos desde la nuca a la cintura, y más abajo aún si los sentidos de uno y otro despiertan en el calor y en la representación del sueño, o ya despertadísimos iban cuando se acostaron, que este matrimonio, ilegítimo por su propia voluntad, no sacramentado en la iglesia, cuida poco de reglas y respetos, y si a él le apetece, a ella le apetecerá, y si ella quiere, querrá él. Tal vez ande por aquí obra de otro más secreto sacramento, la cruz y la señal hechos y trazados con la sangre de la virginidad rasgada, cuando, a la luz amarilla del candil, estando ambos tumbados de espaldas, reposando, y, por primera infracción a los usos, desnudos como sus madres los parieron, Blimunda recogió de la yacija, entre las piernas, la vivísima sangre, y en esa especie comulgaron, si no es herejía decirlo, o, mayor aún, haberlo hecho. Meses enteros pasaron desde entonces, el año es ya otro, se oye caer la lluvia en el tejado, hay grandes vientos sobre el río y la barra, y, pese a tan próxima estar la madrugada, parece oscura la noche. Otro se engañaría, pero no Baltasar, que siempre despierta a la misma hora, mucho antes de nacer el sol, hábito inquieto de soldado, y queda alerta para ver retirarse mansamente la oscuridad de encima de cosas y personas, sintiendo aquel gran alivio que levanta el pecho y es el suspiro del día, el primero e impreciso trazo gris de las rendijas, hasta que un leve rumor despierta a Blimunda, y otro son comienza y se prolonga, infalible, es Blimunda comiendo su pan, y después de comerlo, abre los ojos, se vuelve hacia Baltasar y descansa la cabeza sobre el hombro de él, al tiempo que pone la mano izquierda en el lugar de la mano ausente, brazo sobre brazo, muñeca sobre muñeca, es la vida, cuando puede, enmendando a la muerte. Pero hoy no va a ser así. Un día y otro preguntó Baltasar a Blimunda por qué comía todas las mañanas antes de abrir los ojos, le preguntó al padre Bartolomeu Lourenço qué secreto era éste, ella le respondió una vez que se había acostumbrado de niña, él dijo que se trataba de un gran misterio, tan grande que volar sería cosa pequeña, comparando. Hoy se sabrá.

Перейти на страницу:

Похожие книги