Usa cada cual los ojos que tiene para ver lo que puede o le consienten, o sólo una pequeña parte de lo que desearía, cuando no es por simple obra del azar, como Baltasar, que por trabajar en el matadero fue con los otros mozos de carga y cortadores a la plaza para ver llegar al cardenal Don Nuno da Cunha, que va a recibir el capelo de manos del rey, lo acompaña el enviado del papa en una litera forrada toda de terciopelo carmesí, con pasamanos de oro, dorados también los paineles, y ricamente, con las armas cardenalicias a un lado y otro, lleva un coche de respeto, pero no va nadie dentro, sólo el respeto, más una estufa para el estribero y para el secretario doméstico, y también el capellán que lleva la cola cuando la cola tiene que ser llevada, y vienen dos coches castellanos abarrotados de capellanes y pajes, y delante de la litera doce lacayos, que sumando a todo esto los cocheros y los portadores es una multitud para servir a un' cardenal solo, casi habíamos olvidado al criado que va delante con la maza de plata, menos mal que lo hemos recordado a tiempo, feliz pueblo este que con tales fiestas se regala y baja a la calle para ver desfilar a la nobleza toda, que primero fue a casa del cardenal a buscarlo, luego lo viene acompañando hasta el palacio, adonde Baltasar no puede ir ni entran los ojos que tiene, pero conociendo nosotros las artes de Blimunda, imaginemos que ella está aquí y veremos al cardenal subiendo entre hileras de guardias, y entrando en el último aposento del dosel sale el rey a recibirlo y él le dio agua bendita, y en el aposento siguiente se arrodilla el rey en una almohada de terciopelo, y el cardenal, en otra más atrás, ante un altar ricamente armado, donde luego dice misa un capellán de palacio, con todas las ceremonias, y acabada la misa saca el enviado del papa el breve del nombramiento y se lo entrega al rey que lo recibe y se lo devuelve para que lo lea, por así determinarlo el protocolo, no porque el rey no tenga sus humos de latinista, tras lo cual recibe el rey de manos del enviado el capelo cardenalicio y lo pone en la cabeza del cardenal, abrumado de cristiana humildad, naturalmente, que es carga excesiva para un hombre ser así íntimo de Dios, pero aún no han terminado las carantoñas y las zalemas, primero fue el cardenal a cambiarse de ropas, y ahora reaparece todo de rojo vestido, como es propio de su dignidad, vuelve a entrar para hablarle al rey, éste está bajo dosel, por dos veces se quita y se pone el capelo, por dos veces hace lo mismo el rey con su sombrero, y a la tercera da cuatro pasos para recibirlo, al fin se cubren ambos, y sentados, uno más arriba, el otro más abajo, dicen unas palabras, dichas fueron, son horas de despedirse, se quita el sombrero, se pone el sombrero, pero aún va el cardenal al cuarto de la reina, donde se repiten las cortesías, punto por punto, hasta que al fin baja el cardenal a la capilla donde se va a cantar el Te Deum laudamus, alabado sea Dios que tiene que aguantar estas invenciones.

Перейти на страницу:

Похожие книги