Entró el primer toro, entró el segundo, entró el tercero, vinieron los dieciocho toreros de a pie que el Senado contrató en Castilla a precio de mucho dinero, y salieron los caballeros a la plaza, clavaron sus lanzas, y los de a pie clavaron dardos adornados con papales recortados, y aquel jinete a quien el toro ofendió haciéndole caer el manto, tira el caballo contra el animal y lo hiere a espada, que es el modo de vengar la honra manchada. Y entran al cuarto toro, y al quinto, y al sexto, entraron ya diez, o doce, o quince, o veinte, es una sangría y está la plaza empapada, ríen las damas, dan grititos, baten palmas, son las ventanas como ramos de flores, y los toros mueren uno tras otro y los llevan fuera en una carroza de ruedas bajas tirada por seis caballos, como sólo para gente real o de gran título se usa, cosa que, si no prueba la realeza y la dignidad de los toros, está mostrando cuán pesados son, díganlo los caballos, por otra parte muy bonitos y lucidamente aparejados, con cabezales de terciopelo carmesí labrado, con las mantas franjadas de plata falsa, así como las defensas del cuello, y allá va el toro acribillado de flechas, agujereado de lanzadas, arrastrando las tripas por el suelo, los hombres en delirio palpan a las mujeres delirantes, y ellas se frotan contra ellos sin disfraz, ni Blimunda es excepción, y por qué había de serlo, toda ceñida a Baltasar, se le sube a la cabeza la sangre que ve derramarse, las fuentes abiertas en los flancos de los toros, manando la muerte viva que hace rodar la cabeza, pero la imagen que se fija y desorbita los ojos es la cabeza caída de un toro, la boca abierta, la lengua gruesa colgando, que no segará ya, áspera, la hierba de los campos, o sólo los pastos de humo del otro mundo de los toros, cómo podríamos saber si infierno o paraíso.