Hay muchos modos de unir a un hombre y una mujer, pero, no siendo esto inventario ni vademécum de casamentero, queden registrados sólo dos, y el primero es que estén ella y él uno cerca del otro, ni sé de ti ni te conozco, en un auto de fe, por la banda de fuera, viendo pasar los penitentes, y de repente se vuelve la mujer al hombre y pregunta, Cuál es su gracia, no fue inspiración divina, no preguntó por su voluntad propia, fue orden mental que le vino de su propia madre, la que iba en la procesión, la que tenía visiones y revelaciones, y si, como dice el Santo Oficio, las fingía, no fingió éstas, no, que bien vio y se le reveló que este soldado manco habría de ser el hombre de su hija, y así los juntó. Otro modo es que estén él y ella lejos el uno del otro, ni sé de ti ni te conozco, cada cual en su corte, él en Lisboa, ella en Viena, él diecinueve años, ella veinticinco, y los casan por poderes unos embajadores, se vieron primero los novios en retratos favorecidos, él buena figura y morenillo, ella rolliza y blancaustríaca, y tanto daba si se gustaban o no, nacieron para casarse así y no de otra manera, pero él va a desbravarse bien, no ella, pobrecilla, que es mujer honesta, incapaz de alzar los ojos hacia otro hombre, que lo que en sueños pasa no cuenta.

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