Habían sido tierras de cultivo, ahora están abandonadas. Los mojones que aún se mantienen visibles, las cercas, los vallados, los cañizos, ya no separan propiedades. Todo esto pertenece al mismo dueño, al rey, que si aún no pagó, ya pagará, que es hombre de cuentas claras, hágasele esta justicia. João Francisco Sietesoles está a la espera de su parte, qué pena que no fuera todo suyo, quedaba rico, hasta ahora alcanzan las escrituras de venta trescientos cincuenta y ocho mil quinientos reales, y con el tiempo y visto que esto aún crecerá más, pasará de los quince millones de reales, número excesivo para las flacas cabezas populares, por eso lo traduciremos a quince contos* y casi cien mil reales, una inmensidad de dinero. Si el negocio es bueno o malo, eso depende, que el dinero no siempre tiene el mismo valor, al contrario de los hombres que siempre valen lo mismo, todo y nada. Y el convento va a ser cosa grande, preguntara Baltasar al cuñado y éste respondió, Se habló primero de trece frailes, luego se subió a cuarenta, ahora ya andan los franciscanos de la alberguería y de la capilla del Espíritu Santo diciendo que serán ochenta, Va a ser lo nunca visto, remató Baltasar. Hablaron esto cuando ya Inés Antonia se había retirado, por eso Álvaro Diego puede hablar con libertades de hombre. Vienen los frailes para fornicar con las mujeres, como hacen siempre, y franciscanos nada menos, como un día agarre a uno, lleva una zurra que no le va a quedar hueso entero, y el cantero deshacía a martillazos la piedra donde se había sentado Inés Antonia. Se ha puesto ya el sol, Mafra, abajo, está oscura como un pozo. Baltasar empieza a bajar, mira los mojones que delimitan los terrenos por aquel lado, piedra blanquísima sobre la que aún no han caído los primeros fríos, piedra que poco sabe de grandes calores, piedra asustada aún por la luz del día. Estas piedras son el primer cimiento del convento, alguien por orden del rey mandó que las tallaran, piedras portuguesas escuadradas por portuguesas manos, que aún no ha llegado el tiempo en que vengan los Garvos milaneses a gobernar a los albañiles y canteros que aquí van a juntarse. Cuando Baltasar entra en casa oye un murmullo que viene de la cocina, es la voz de la madre, la voz de Blimunda, primero una, luego otra, que apenas se conocen y tienen ya tanto que decirse, es la grande, interminable, charla de mujeres, parece cosa de nada, eso piensan los hombres, pero no se dan cuenta de que esta conversación sostiene al mundo en su órbita, que si no hablaran las mujeres unas con otras, ya habrían perdido los hombres el sentido de la casa y del planeta, Bendígame, madre, Dios te bendiga, hijo, no habló Blimunda, no le habló Baltasar, sólo se miraron, mirarse era la casa de ambos.

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