– La tendré en cuenta. No obstante, en este preciso momento no creo que haya muchas bandas en el barrio. Si aceptamos esa hipótesis y creemos que fue obra de dos personas, volvemos a la posible teoría de que fue asesinada por un asesino a sueldo.

– De acuerdo…

– Pero si ése fuera el caso, y al principio de esta reunión hemos acordado que no era fácil saberlo, el otro tipo habría vaciado la pistola en el mismo momento en que Katherine Marcus hubiera golpeado a su compañero con la puerta. Esto sólo tendría sentido si se tratara de un asesino que se hiciera acompañar de una mujer asustada y borracha, que se hubiera mareado al ver tanta sangre, que no pudiera pensar con claridad o que hubiera tenido muy mala suerte.

– Sin embargo, confío en que tendrá usted en cuenta mi hipótesis -apuntó Maggie Masan, con una sonrisa amarga y con la mirada puesta en la mesa.

– Desde luego que sí -respondió Whitey-. En este momento estoy dispuesto a aceptar cualquier propuesta. Se lo aseguro. Parece ser que conocía al asesino; sin embargo, ya hemos descartado a todos los posibles sospechosos que pudieran tener algún motivo. Cuanto más tiempo llevamos trabajando en este caso, más probable me parece que fuera una agresión no premeditada. La lluvia ha borrado dos terceras partes de nuestras pruebas, Katherine Marcus no tenía ni un solo enemigo, ni secretos financieros ni adicción a las drogas ni tampoco había presenciado ningún asesinato de los que tenemos archivados. Por lo que de momento sabemos, no hay nadie que haya salido ganando con su muerte.

– A excepción de O'Donnell -apuntó Burke-. Él no quería que la señorita Marcus se fuera de la ciudad.

– A excepción de O'Donnell -repitió Whitey-, pero tiene una coartada perfecta y no parece probable que contratara a alguien. ¿Qué otros enemigos tenía? Ninguno.

– Y, a pesar de todo eso, está muerta -recalcó Friel.

– Y, a pesar de todo eso, está muerta -repitió Whitey-. Por eso creo que fue algo fortuito. Si uno descarta el dinero, el amor y el odio como posibles motivos, la verdad es que se queda con bien poco. Sólo cabe pensar que fuese algún tipo de esos que están al acecho y que tienen una página web dedicada a la víctima o alguna estupidez parecida.

Friel alzó las cejas.

Shira Rosenthal dijo de forma inesperada:

– Eso ya lo estamos comprobando, señor. De momento, nada.

– Entonces, ¿no saben lo que buscan? -preguntó Friel después de un largo silencio.

– Claro que lo sabemos -espetó Whitey-. Buscamos a un tipo con una pistola. ¡Ah, sí, y con un palo!

<p>18. PALABRAS QUE EL CONOCIA</p>

Después de dejar a Dave en el porche, y con el rostro y los ojos secos de nuevo, Jimmy se dio la segunda ducha del día. Sentía una necesidad de llorar en lo más profundo de su ser. Le fue creciendo en el pecho como si fuera un globo, hasta que se quedó sin aire.

Se había ido a la ducha porque quería intimidad; temía no poder contener las lágrimas como lo hizo en el porche. Temía llegar a convertirse en un charco tembloroso, acabar llorando tal y como lo había hecho de niño en la oscuridad de su dormitorio, con la certeza de que al nacer había estado a punto de matar a su madre y de que su padre le odiaba por ello.

En la ducha, volvió a sentir aquella sensación: la antigua oleada de tristeza, esa que le hacía sentirse viejo y que le había acompañado desde siempre, la certeza de que una tragedia se cernía sobre su futuro, una tragedia tan pesada como los mismísimos bloques de piedra caliza. Como si un ángel le hubiera predicho el futuro mientras se encontraba en el útero, y Jimmy hubiera salido del seno de su madre con las palabras del ángel grabadas en el cerebro, aunque no en los labios.

Jimmy alzó los ojos hacia el grifo de la ducha. Sin pronunciar palabra, dijo:

«En el fondo de mi alma sé que he contribuido a la muerte de mi hija. Lo noto. No obstante, no sé cómo.»

Y la voz sosegada le respondió: «Ya lo sabrás». «Dímelo.»

«No.»

«¡Vete al infierno!» «Todavía no he acabado.» «¡Ah!»

«Ya lo sabrás.»

«¿Tendré que maldecirme por ello?» «Eso depende de ti.»

Jimmy inclinó la cabeza y pensó en el hecho de que Dave viera a Katie poco antes de que ésta muriera. Katie, viva, borracha y bailando. Bailando y feliz.

Cuando se dio cuenta de que otra persona había visto a Katie con vida después de él, pudo, por fin, llorar.

La última vez que Jimmy había visto a Katie fue cuando ésta salía de la tienda al acabar su turno del sábado. Eran las cuatro y cinco de la tarde y Jimmy se encontraba al teléfono hablando con su proveedor de Frito-Lay, haciendo pedidos, distraído, mientras Katie se inclinaba hacia él para besarle en la mejilla y decirle: «Hasta luego, papá».

– Hasta luego -le había respondido; luego había observado cómo salía por la trastienda.

No, eso no era verdad. No la había observado, tan sólo la había oído salir, ya que su mirada estaba puesta en la hoja de pedidos que tenía sobre la mesa y junto al secante.

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