– Vale, supongamos que yo admito que sí que he estado bebiendo mucho, muchísimo. Entonces, según usted, ¿qué debería hacer?

– Quizá lo mejor es que volvieses a casa y procurases alimentarte bien y hacer un poco de ejercicio suave. Caminar, ya sabes, esas cosas. Si sigues encontrándote tan cansada en quince días deberíamos hacerte nuevas pruebas. Y si vuelves a beber, entonces eres tú quien debe decidir.

– ¿Decidir qué?

– Decidir consultar tu problema con un especialista. Yo no trato adicciones.

A punto estuve de decirle que lo mío no se trataba de una adicción, que yo no era ninguna alcohólica, pero preferí callarme y me despedí con la mejor de mis sonrisas.

– Y bien, ¿qué te ha dicho? -me preguntaron a la vez Sonia y Tania, que me estaban esperando en la sala de espera.

No sabía qué decirles, porque desde luego no podía contarle que aquella doctora estupenda poco menos que me había llamado alcohólica.

– Anemia -respondí, con la sensación de que no mentía puesto que de alguna forma sí era cierto que estaba anémica, o eso me había dicho-. Y… también ha dicho que tiene que ver con lo mucho que bebo.

– ¿Y cómo sabe ella lo que tú bebes? -dijo Sonia-. Oye -ahora se dirigía a Tania-, ¿tú le has dicho algo a esta mujer de con quién salía Eva?

– ¿Yooo? ¿Yo qué le iba a decir?

– Eso, ¿qué le iba a decir? ¿Y cómo va a saber Tania con quién salgo?

– Pues porque se lo he dicho yo, claro. Como comprenderás, si una amiga mía sale con un famoso, no vas a esperar que me lo calle.

– Ya no salgo con él. Y además no sé por qué tendría que saberlo la doctora, y si lo supiese, qué tendría que ver eso con mis problemas médicos.

– Pues porque si supiese que sales con un alcohólico, puede suponer que tú también lo eres.

– ¿Y qué te hace pensar a ti que el FMN es alcohólico?

– Joder, Eva… ¡Porque lo sabe todo el mundo! Ha estado internado ni se sabe la de veces en el Presbyterian Center, ha salido en la prensa y todo, aunque creo que su problema era con la coca, ¿no? -Esto último se lo preguntaba a Tania.

– No estoy segura, pero creo que sí, o eso vi en la tele -añadió Sonia- en uno de esos programas de la MTV que no sé cómo se llaman, esos que hablan de la vida del famosillo de turno y salen sus parientes y conocidos y toda la plana mayor poniéndolo a caldo -añadió Tania.

– Acabáramos.

Y entonces se me desvelaron algunos interrogantes que habían flotado sobre la figura de mi amado durante el corto tiempo que duró nuestra breve pero intensa, por así decirlo, relación. Cuando nos conocimos parecía que nos encontrásemos en algún paraíso vacacional que supusiera un paréntesis de nuestras respectivas vidas, como dos quinceañeros que comparten un amor de verano en la playa y se encuentran de pronto solos, sin amigos, sin relaciones, incapaces de gestionar tantas horas como se presentan por delante de ocio absoluto, sin compromisos, con un montón de tiempo para gastarlo y una necesidad apremiante de encontrar un compañero con quien hacerlo, dos adolescentes que se embarcan en un blando calendario de planes que se improvisan a última hora. Y ya te he dicho que en mi caso se entendía así, puesto que efectivamente estaba de vacaciones y prácticamente no conocía a nadie, pero que en el suyo yo no acertaba a explicarme a qué respondía ese aire de viajero en permanente tránsito. De pronto lo entendía todo, las piezas encajaban, cinco años de gira bebiendo y esnifando cada día, supongo, y finalmente el obligado paso por una cura de desintoxicación y luego el vacío de tener que empezar una nueva vida sin coca y el intento de llenar ese vacío a base de priva acompañado por otra desocupada como yo. Sí, todo cuadraba. O no, vete tú a saber. Apenas habíamos pasado juntos un mes, veintitantos días, ¿qué sabía yo de él o de su vida?

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