Nada. Desde luego que con los discos que había vendido contaba con dinero suficiente como para pasarse el resto de sus días sin dar golpe, así que ¿por qué habría de darlo? ¿Y qué si quería tomarse una temporada saliendo cada noche? ¿Acaso no había pasado yo por temporadas parecidas en mi vida? Sí, claro, pero entonces tenía yo veinte años, no cuarenta y tantos, como el FMN. No, no tenía ni idea de con quién había pasado aquellos días y aquellas noches, y si por alguien había estado trastornada, obnubilada, traspasada, y demás adjetivos acabados en -ada que se te puedan venir a la mente, ese alguien había existido sobre todo en mi cabeza, y ahora que sentía que esa ilusión comenzaba a disolverse me embargaba una difusa pena al entender que debía abandonar ciertos placeres simbólicos a los que había concedido el mismo valor que los demás le concedían, porque desde fuera podía parecer maravilloso el hecho de que los porteros de los clubs de moda te saludasen con una respetuosa inclinación de cabeza, o el disponer de una casa con vistas al mar y al jardín, y piscina y litografías de Taaffe en las paredes desnudas, y me encontraba de pronto con que el debilitamiento de la ilusión se correspondía simultáneamente al deseo de seguir alimentándola, de permanecer en aquella etapa tan particular de mi vida de la que ya estaba saliendo. Sin embargo, con todo, no era tan tonta como para no darme cuenta de que por mucho club de moda, casita en New Jersey, apartamento en Tribeca y brunch diario en Gotham que el futuro pudiera depararme, nada justificaba que me embarcase con un desconocido en un carrusel etílico inevitablemente condenado a girar sobre sí mismo sin llegar jamás a destino alguno excepto, quizá, al de acabar averiado y detenido para siempre o, peor aún, desmantelado.

<p>21 de noviembre.</p>

Todo el mundo (amigos, conocidos, parientes, enfermeras y varios ATS) parece de lo más sorprendido de que mi madre aguante tanto tiempo. He oído la palabra milagro innumerables veces y ya forma parte de mi vocabulario habitual. Incluso si no sobreviviera, opina mucha gente, el simple hecho de que haya aguantado casi dos meses tras la operación ya es un milagro en sí mismo. Sobre todo por su edad. El caso es que mi madre tenía razones para vivir: sus nietos, sus amigas, sus libros, sus viajes, su propia tozudez. Se empeñó en tener hijos y los tuvo. Si se empeña en vivir, lo conseguirá.

Jaume estuvo en casa ayer por la noche. Sí, el mismo Jaume que me escribió un mail diciendo que hablara a mi madre porque él sabía por experiencia que aun inconsciente en apariencia, en pleno sopor mórfico, un enfermo se entera de lo que sucede a tu alrededor. Visita relámpago desde Alicante. Vino a firmar algo de un contrato y se vuelve a casa hoy mismo, según él porque tiene mucho trabajo pendiente, pero sospecho que la verdadera razón es que no quiere dejar a Manolo, su novio, solo. A Jaume y a Manolo los conozco desde que éramos críos y críos debían de ser ellos cuando se liaron. Ante familiares amigos y conocidos siempre fueron una pareja de amigos inseparables. De la solidez real de esta inseparabilidad me enteré yo a los veinte años, cuando me explicaron la situación, pero nunca me han dicho en qué momento la cosa pasó de amistad a amor. En cualquier caso, no iba aquí a hablarte de sus vidas sino de un tumor cerebral que a Jaume le extirparon cuando era muy joven y que le costó tres meses en cuidados intensivos. Dice que sobrevivió porque ni un solo día dudó de que lo lograría. Me contó que cuando ya le habían quitado la morfina y estaba despierto, jugaba a las cartas con otros pacientes de la planta. Tenían una norma: cada uno debía pagar sus deudas a final de partida. No se fiaban, porque nunca se sabía si el deudor despertaría vivo a la mañana siguiente.

<p>22 de noviembre.</p>

Lo que sucedió en el cuerpo de tu abuela se parece mucho a lo que sucede en el entorno del enfermo. Se vuelve a aplicar ese viejo axioma de la sociología del cuerpo como metáfora de la sociedad. Una pancreatitis que provoca una mediastinitis que provoca un absceso que provoca un neumotórax que exige antibióticos que provocan un fallo en el riñón… Una reacción en cadena. Una hija de una madre que se pone enferma, una hija que va al hospital y vuelve cansada y enferma a su vez de complejo de culpa, y entristece a la persona que vive con ella, que a su vez se deprime… Y la tristeza se va extendiendo como una mancha negra, inexorable como un cáncer. Otra reacción en cadena.

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