Por eso, el hecho de que nunca respondiese a la retahila de llamadas que se fueron acumulando en el contestador podría revestir poca importancia a ojos ajenos, pero marca para mí el momento en que te concebí sin ni siquiera haberte concebido, pues el hecho de verme una persona entera y no como una mitad en permanente búsqueda de la otra mitad que debía completarla, implicaba además la asunción de mi capacidad de enfrentarme a la vida yo solita, sin muletas. Y de rebote, mi capacidad de reproducir esa misma vida si quisiera. Porque por supuesto yo nunca había siquiera soñado con tener hijos, no era aquella una perspectiva que me llamara lo más mínimo la atención porque, como solía decir por entonces a quien quisiera escucharme repitiendo una coletilla muy de moda entre la gente con la que me movía: ¿cómo iba a saber cuidar de otra persona cuando ni siquiera sabía cuidar de mí misma?
Y sin embargo, cuando meses más tarde y ya en Madrid descubrí con sorpresa que estaba embarazada, lo asumí con la mayor naturalidad del mundo, pese a que sé muy bien que si aquella doctora neoyorquina pija y lesbiana me hubiera dicho que los análisis revelaban no una anemia ni una hepatitis ni una mononucleosis sino un embarazo, lo primero que le habría preguntado acto seguido habría sido el emplazamiento exacto de la clínica abortiva más cercana.
24 de noviembre.