El hospital es un caos. Hay camas arrumbadas en los pasillos y por todas partes se ve al personal corriendo de un lado a otro como hormigas despavoridas de un hormiguero pisoteado. No puedo dejar de pensar que transcurrieron casi dos días desde el ingreso de mi madre hasta que se confirmó el diagnóstico de pancreatitis. Tal vez, de haberlo sabido antes, no estaríamos en las que estamos pues se habría podido atajar la infección. Pero qué más podía hacer un grupo de médicos estresados en un hospital al que le falta personal, medios, y, sobre todo, dinero.
El sábado estaba haciendo
23 de noviembre.
Aveces estoy tan cansada y tan desesperada que me gustaría estampar algo contra la pared. Pero no lo hago porque racionalizo: pienso antes de actuar. En el pasado, cuando bebía, ese paso intermedio, la milésima de segundo de razón que precede al acto impulsivo y lo aborta, no existía: el alcohol lo eliminaba. Por tanto actuaba siempre por puro instinto y acababa haciendo todo tipo de estupideces.
Lo curioso es que en lugar de deprimirme sienta rabia. Rabia. No quiero llorar, no. Mi primer impulso sería emprenderla a puñetazos con alguien, salir a quemar el Ministerio de Hacienda. Y eso lo he aprendido de mi familia. En mi familia nadie llora en público, ni se coge la mano o se besa. Pero sí gritan a la mínima ocasión. Incluso mi madre, que tenía prohibidas las alteraciones por expresa indicación médica, se enzarzaba a gritos con mi padre día sí día también. Obvia decir que estas discusiones las ganaba siempre él. Ya te he dicho que era quien tenía siempre la razón y la última palabra. Es una extraña contención de sentimientos propia de esta familia, que sólo sabe expresarlos cuando ya están acumulados y de pronto explotan como una olla a presión. Será por eso por lo que, por mucho que lo intente, no he sido capaz de acercarme a mi madre inconsciente y decirle al oído que, a pesar de que nunca lo haya parecido, en realidad sí la quiero. Pero nos opone un mundo derruido que se alza como obstáculo entre mi madre y yo, un montón de ruinas cercadas por una impenetrable barrera de silencio.
Y te preguntarás por qué me concentro en contarte la historia del FMN, que al fin y al cabo tan poco duró y nada dejó, ni estelas, ni marcas, ni pisadas ni recuerdos tras de sí. Pues te he contado la historia porque la encuentro muy importante a pesar de que muchos puedan pensar, y con razón, que poca importancia llegara a tener, si ni siquiera cumplió el mes, una historia vivida junto a un hombre del que nunca más volví a saber nada, cuyas intimidades o secretos jamás conocí, al que sólo me unía un lazo muy precario hecho de ilusión e inseguridad. Pues bien, a mí me resulta muy importante esta historia porque el FMN representaba el Santo Grial que yo me había pasado media vida persiguiendo, en aquellos tiempos en los que no entendía por qué Susan Sarandon rechazaba a Michael Madsen en