Porque le di miedo, porque le atraje tanto como le aterré, porque aquella escena que vivió la primera mañana que se despertó a mi lado ya la había vivido muchas veces, demasiadas veces, y de ahí que supiera tan bien lo que debía hacer para ayudarme a sobrellevar una resaca que no era proporcional a lo que yo había bebido ni, evidentemente, una de tantas. Desde el principio se dio cuenta que allí había un problema, o más bien reconoció un problema con el que ya había tratado, pues no en vano había convivido muchos años con una mujer que bebía: su madre, que empezó a copear en serio después de que su padre les dejara hacía mucho tiempo, el suficiente como para que apenas le recordara, pues el señor había emigrado a Canadá y de él no sabía más que a través de pocas cartas y menos llamadas, enviadas y recibidas muy de cuando en cuando. Inmediatamente tuvo que asumir el papel de hombre de la casa, y de paso el de enfermero y asistente de su madre, que trabajaba de camarera y solía llegar tan borracha como para que su hijo tuviera que desvestirla, meterla en la cama y prepararle al día siguiente un desayuno a base de remedios anti resaca que había acabado aprendiendo de memoria. Se acostumbró a sus cambios de humor, a sus lagunas de memoria, a su desorden, a que nunca estuviera despierta cuando él se levantaba, a que no hiciera nada, ni el desayuno ni la comida ni la cena, a que contara con su hijo para hacer camas o fregar platos, labores que en su día ella había monopolizado y de las que se había ido poco a poco desentendiendo hasta olvidarlas por completo; dejó de sorprenderse al encontrar vómitos por la mañana en el cuarto de baño y aprendió a limpiarlos sin decir palabra ni quejarse; se hizo a los gritos, a las lágrimas y a las canciones, todos exagerados y todos convocados sin ningún motivo y a veces alternados en rapidísima y absurda sucesión, pues la bebida provocaba en su madre cambios de humor sinusóidicos.
A veces llegaba tan borracha que deliraba, y se ponía a insultar al padre desaparecido como si nunca se hubiese marchado y estuviese allí, delante de las mismas narices, sentado a la mesa de la cocina, o se reía con él de chanzas antiguas, privadas, remanentes de una complicidad amorosa vivida hacía muchos años y después perdida, chistes que el hijo no podía ni quería entender, bromas de aquellos años en que ella había sido guapa, antes de que el alcohol la hinchara como un sapo, le enrojeciese la nariz y le abotargase las facciones. De vez en cuando un hombre la subía a casa, arrastrando su cuerpo inerte por las escaleras, o habría que decir hombres, porque no siempre era el mismo, eran más bien individuos distintos pero muy parecidos entre sí, con la misma nariz roja e hinchada de su madre, los mismos ramales de venillas tiñéndoles las aletas, la misma lengua floja, el mismo aliento agridulce y el mismo falso aire festivo, una necesidad de risas y canciones bajo las que se detectaba fácilmente la desesperación. La mayoría se quedaban, pero algunos, al encontrarse en la casa a un niño que les miraba con ojos grandes y acusadores, se marchaban por donde habían venido después de pasarle al niño la mano por la cabeza como lo harían con un animalito doméstico extraviado. Cuando alguno se quedaba, Anton se tapaba la cabeza con la almohada para no oír los golpes del cabecero contra la pared, los chirridos de los muelles del somier y, sobre todo, unos gruñidos y resoplidos que le recordaban a los de los cerdos que había conocido de pequeño en la granja de su abuela paterna, a la que no había vuelto a ver desde que su padre se marchó. Lo peor es que él quería a su madre, y ella le hacía sentirse querido, por necesitado, y pese a que entendía que la situación era insostenible, sabía de sobra que nunca cambiaría, y sentía una nostalgia casi asesina de su primera infancia y unas ganas desesperadas de largarse lejos de allí, adonde fuera.