Pero no se desgarró. Muy al contrario, sólo se sintió entero, persona independiente y no parte de un conjunto binario, cuando llegó a Canadá. Su madrastra era dentista y por lo tanto, según los cánones canadienses, casi millonada, y el padre se había hecho su hueco como agente inmobiliario. A los dos les sobraba el dinero y les faltaba el tiempo, así que su padre, complejo de culpa obliga, le había buscado alojamiento en Toronto, un apartamento minúsculo que se ofreció a pagar mientras hiciera falta. Anton no podía haber imaginado mejores condiciones para establecerse. ¿Qué otro muchacho de dieciséis años podía decir que vivía solo, sin obligaciones ni imposiciones paternas, sin limitaciones de entradas y salidas? Y sin apoyo, sin compañía, sin sentimiento de pertenencia, carencias que se hacían temores en la cabeza de Anton, pero que jamás mencionó a nadie, mucho menos al señor que le pagaba el alquiler y cuyo abogado se ocupó de todos los trámites, incluido el de matricularle en una
Al año, cuando ya estaba certificado como ciudadano canadiense y podía alardear de un expediente tan brillante o más que el que obtuviera en su ciudad natal (pues en Canadá el nivel académico resultó ser sensiblemente inferior al rumano, sobre todo en lo que a ciencias se refería) pidió la famosa beca. La obtuvo y se marchó a estudiar biología a Kingston, donde su vida siguió caracterizada por la misma tónica que en Toronto: la soledad. El tiempo que había pasado fuera de Rumanía lo había dedicado a tres cosas: estudiar, perfeccionar su inglés y escribirle cartas diarias a su madre. No había hecho amigos en clase, y apenas podía ver a su padre más que una vez cada quince días, cuando éste le invitaba a comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. De vez en cuando, en cualquiera de esos locales, su padre se cruzaba con algún conocido que les saludaba a distancia y que secretamente inspiraba la envidia de Anton. Aquellas personas participaban en la existencia de su padre, una existencia que transcurría más allá de aquel restaurante, una vida a la que Anton no tenía acceso.
Sí, el señor parecía tremendamente orgulloso de su hijo, pero no tanto como para llevarle a su casa o presentarle a los nuevos hermanos, que los había, y probablemente el hecho de saber que esa omisión no podía interpretarse más que como una canallada derivaba en un complejo de culpa que a su vez se traducía en el pago del alquiler del apartamento y en una renta mensual para su hijo, que ingresaba puntualmente cada primero de mes en una cuenta corriente que el eficiente abogado había abierto a nombre de Anton. La mitad exacta de aquella renta se la reenviaba Anton a su madre (el cambio de moneda obraba un milagro análogo al de la multiplicación de los panes y los peces y convertía aquella moderada suma en una cantidad más que respetable), y así actuaba a su vez tal y como lo hacía su padre: intentando acallar con dinero su complejo de culpa.
Anton adoptó ante la vida una actitud defensiva. Se acorazó en un castillo muy bien fortificado en cuyo centro había una torre de marfil construida con mimo a base de lecturas, estudios y cartas a su madre. Y allí habitaba solo, como un príncipe en el exilio a quien le quedara el título pero no el poder. Hubo algún intento de relación amorosa que a nada le condujo, estudiantes que se sentían atraídas por su aura de misterio y que sirvieron de medicina temporal para la soledad, chicas que no hablaban su lengua ni conocían su pasado, que ni siquiera sabrían situar en un mapa su país, amigas que compartieron alguna vez su cama pero no consiguieron sacarle de su estancamiento emocional.