Las cartas que recibía de su madre eran cada vez más animadas. Al principio, cuando Anton se marchó, entró en una crisis aguda que la sumergió de lleno en la bebida, hasta la mañana en que su vecino, el director del colegio, la encontró desmayada en la escalera con un reguero de sangre seca cruzándole la cara. Él fue quien la animó, o casi la obligó, a acudir a las reuniones del grupo de alcohólicos de la parroquia. Dejó su trabajo, pues en el bar era imposible ni plantearse abandonar la bebida, y el cura le encontró un puesto como limpiadora en un hotel. Ganaba menos y trabajaba más, pero no se pasaba el día rodeada de botellas, y el dinero no importaba tanto ahora que recibía los generosos giros de su hijo (dinero cuya procedencia real ella desconocía, pues Anton -seguro de que ella no habría aceptado jamás un dólar que viniera de su padre o, peor aún, de su nueva mujer- le había contado que tenía un empleo a tiempo parcial como camarero en un restaurante). Ahora acudía a misa cada domingo y había empezado a salir con un hombre, un viudo bastante mayor que ella al que había conocido en las reuniones parroquiales. De vez en cuando Anton la llamaba por teléfono y no sólo la encontraba más animosa y coherente, sino que incluso notaba un cambio en el color y el matiz de la voz, que había perdido ese tono ronco, ese carraspeo áspero del vodka que antaño la caracterizara. Imaginaba que en cierto modo ella había reunido fuerzas y valor para salir del agujero al encontrarse totalmente sola. Él, sin saberlo, la había reafirmado en su debilidad con su mera presencia y aquel estar siempre disponible para arreglarle la cama, para aliviarle sus resacas y para levantarla cuando caía; le había hecho creer que su papel era el de enfermero y el de ella el de enferma y que si actuaba de otra manera perdería todas esas manifestaciones de atención y cariño que su hijo le dedicaba siendo alcohólica. O tal vez eso era lo que Anton prefería creer, porque esa explicación a su mejoría -muy plausible, por otra parte- aliviaba un poco el complejo de culpa que sentía por haberla dejado sola y que los giros mensuales a Rumanía no lograban calmar, como tampoco apagaban la terrible nostalgia que a veces sentía de su calor, de su compañía. Sin embargo nunca fue a verla, ni ella jamás se lo pidió, quizá porque ambos sabían que la relación de dependencia mutua que habían mantenido no había beneficiado a ninguno, quizá porque, por mucho que se echaran de menos, ambos se sentían mejor sin el otro.

Tras cuatro años en Kingston, Anton pidió otra beca y aterrizó en Nueva York. Seguía recibiendo puntualmente su asignación, pero ya no podía enviar la mitad a su madre porque el dinero en la nueva ciudad parecía encogerse como por arte de magia. Por primera vez hizo amigos y, relevado al fin de la obligación de obtener las mejores notas del campus con vistas a la futura beca de doctorado, pues ya la había obtenido y no parecía que le fueran a hacer falta más en el futuro, se permitió hacer cierta vida social. En la gran ciudad su propia vida se le ocultaba enteramente tras una decoración nueva, como si se pudiera olvidar de su pasado y casi de su propia persona para convertirse en alguien distinto, y así decidió emplear todas las fuerzas acumuladas durante su inactividad social en Toronto y en Kingston para entregarse espontáneamente a una vida nueva y libre, porque lo que hasta entonces había vivido no le parecía más que un desierto, una parte mínima del espacio que se extendía ante él y que ansiaba recorrer porque parecía ofrecerle, replegado entre los callejones y las puertas de los clubs y los bares, una prolongación y posible multiplicación de sí mismo.

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