En Canadá, el hecho de no compartir ninguna costumbre ni idea ni recuerdo con los que le rodeaban le había forzado al aislamiento, pero en Nueva York, en medio de aquel crisol de desarraigados, aquel sentimiento de no pertenencia adquiría un efecto contrario, porque la conciencia de que no existía entre su nueva ciudad y la que le había criado le inspiraba la sed de una vida que quería absorber a grandes sorbos, con la ansiedad de quien sentía que nunca había probado una gota de ella. Cuando empezó a salir, acompañado por amistades recién hechas, gente que conocía en las clases, en la biblioteca de la universidad o en fiestas a las que le llevaba su compañero de piso, todo le parecía luminoso, contagiado del brillo de lo nuevo, y tenía tendencia a encarecer el valor de cualquier placer precisamente por lo difícil que le había resultado lograrlos. Cualquier bar, cualquier librería, cualquier restaurante, cualquier concierto, cualquier exposición le contentaba, y por todas partes creía ver mujeres atractivas que parecían estar brindándole en los ojos, en los labios, en las piernas, la oportunidad de resarcirse de tantos años de aislamiento, como si llevara dentro un ideal que reconocía de lejos en cada hembra que pasaba, como si todas pudieran encarnar a la mujer de la que se enamoraría, la que le daría las réplicas en la comedia amorosa que iba escribiendo en la cabeza desde que llegó a la ciudad que nunca duerme. Era como si, lejos de su padre y del sentimiento de exclusión que su cercana lejanía le inspiraba (ese padre que estaba pero en realidad no estaba y que siempre le dejó muy claro que existía una línea limítrofe que nunca se le permitiría cruzar), y más lejos aún de su madre y de aquella sensación de no ser uno sino sólo la mitad de uno, de un uno que estaba en realidad formado por dos, se hubiese encontrado a un Anton desconocido dentro del Anton de siempre, como una muñeca rusa encerrada en otras muchas muñecas, y pudiese por fin actuar en libertad y ser, por primera vez, él mismo.

Se convirtió en otra persona, en alguien que quizá siempre había sido, de la misma manera que otros no pueden recordar cuándo dejaron de ser quienes eran porque, en realidad, nunca fueron nadie. Se convirtió en un chico simpático, sociable, abierto sin dejar de tener un poso reservado, pues aún lastraban su recién descubierto ánimo festivo las inagotables reservas de tristeza, larvadas en la infancia, que afloraban pese a la oposición de la voluntad consciente. Y fue en aquel momento, exactamente, cuando me encontró, cuando a él le empezaba a llamar lo que a mí ya me estaba hastiando, cuando disfrutaba por primera vez de placeres que yo consideraba de lo más común (salir con los amigos, tomar copas, conocer gente) y que le suponían el principio de la vida. Y me convertí a sus ojos en una sirena, tentadora por lo que tenía de promesa de una puerta abierta a la diversión y peligrosa en tanto le recordaba a su madre.

Cinco figuras vestidas de negro arrastrando un carrito de bebé bajo un sol de justicia en medio de un secarral. Cinco figuras que por fin llegan al coche de Jaume y emprenden camino a una terraza de Elche. A una de esas figuras, tu madre, la acometen accesos de llanto intermitentes. Todos la compadecen pensando que llora por su madre y ella no se atreve a explicar que llora por sí misma.

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