A las cinco menos cuarto en punto estamos en el portal de la que fuera casa de mi madre en Alicante. Nos toca esperar en el bar de enfrente porque mi familia no aparece hasta las cinco y media pasadas, sin ofrecer explicaciones, por supuesto. Nos despedimos afectuosamente de Gabi, Jaume y Manolo -quienes ni se dignan a mirar a mi hermano, por cierto, y son correspondidos con la misma glacial indiferencia- y subimos a recoger nuestras maletas, que habíamos dejado allí por la mañana. Después mi hermano, quién si no, decide la distribución de la comitiva de vuelta a Madrid. Mi padre, Eugenia y él, en su coche, uno de esos grandísimos y flamantes híbridos entre todoterreno y vehículo lunar, con relucientes faros y poderosos parachoques, de esos que casi reclaman escalerilla o taburete para acceder al interior, como bien notaron tanto Eugenia como mi padre, y que aupan al conductor, mi hermano, el bajito, en una especie de carroza desde la que puede observar desde arriba al resto de vehículos que pueblan la carretera -menos autobuses y camiones, claro-. En definitiva, el sueño de todo señor acomplejado por su tamaño, en una nueva interpretación, mucho más actual, de aquel refrán: «Caballo grande, ande o no ande», y es que no hay nada como un coche bien tremendo para curar complejos y epatar a los demás con la única grandeza de que sus dueños pueden presumir. Y suerte tuvo Reme de quedarse en Alicante, porque si no también habría tenido que auparse a semejante engendro galáctico y soportar, durante todo el camino, la humareda de tabaco negro y las fardadas de Vicente sobre velocidad, tracción, o válvulas del motor, discurso inteligible tanto para ella como para Eugenia.
Mis hermanas se repartieron cada una en sus coches con sus respectivos niños y a nosotros nos tocó ir en el coche de Julián, que no debe de haber oído hablar de cosas como la ecología o el desarrollo sostenible y que piensa que para qué va a viajar su familia en un coche cuando tienen dos. Conste que no ha traído el coche por mí, que a una lo mismo le daba volverse en tren, y de hecho él ha realizado el camino de ida a Alicante solo mientras nosotros lo hicimos con mi padre y Vicente, pero es que Julián dice que no le gusta viajar con los niños en el coche y por eso se los deja a Asun, aunque a veces pienso que lo que no le gusta es ese mareante deje a
Y en ese momento mi hermano se vuelve loco.
O quizá, como decía Manolo, siempre lo estuvo, pero el caso es que ahora lo demuestra, porque se le va completamente la cabeza y empieza a gritar como un poseso.
– ¿Pero tú quién te crees que eres? ¡Egocéntrica de los cojones! ¡Bastante jodida está esta familia para que vengas tú a joderla más! ¡Ya estamos hartos de ti y de tus numeritos histéricos! ¡Tú estás loca y siempre lo has estado!
Ni mi padre, ni mi compañero, ni mi cuñado, que han presenciado la escena, intervienen, y ante esa pasividad todo mi desasistido yo se repliega al interior de una única y absoluta sensación enferma de fatalidad inminente, y me quedo allí, contemplando a mi hermano con fascinado horror, plantada como una palmera más en una calle cualquiera de Alicante, frente a un maletero tan amplio como un armario, con un carrito de bebé a medio doblar en la mano. Mi hermano trepa a su coche y se planta en el asiento del conductor. Mi padre, sin decir palabra, se sienta a su lado. El coche arranca y desaparece por la avenida y Eugenia, desde el asiento de atrás, me dice adiós con la mano. Yo me miro las mías y noto que estoy temblando como un animal aterrorizado, con la misma violencia histérica con la que tiembla el perro cuando escucha truenos y se esconde bajo la mesa.