¿Y si trajéramos otro niño y te murieras de celos? ¿Y si te convirtieras en una sosias de tu tío Vicente, amargada para el resto de tu vida porque llegó otro bebé que te robó tu trono de princesa, tus juguetes y la atención que te mereces? Yo, que nunca he sido monógama, empiezo a serlo contigo. En cierto modo, me parece una traición querer a otro niño tanto como te quiero a ti.

Pero los últimos días no he hecho más que repetirme: gracias sean dadas al Todo Cósmico (aquel que debía ser Todo lo que realmente era y del que nadie sino el Todo mismo podía comprender su ser, aquel que me trajo una brújula que me condujo aquí a través de un visionario perdido en La Ventura), gracias por tener una familia numerosa. Porque por poco y mal que la aguante, sé que peor hubiera sido aguantar todo este estrés sola.

En el hospital, en la cama contigua a la de tu abuela, hay un niño en coma que no llegará a los doce años. Ha sido intervenido de un tumor cerebral intraventricular y, por la expresión de sus padres, presumimos que el pronóstico no debe de ser muy halagüeño. Estuve a punto de acercarme a su madre para decirle que lo sentía mucho, pero en el último momento me faltó valor, pues no sabía si ella podría tomárselo como una intromisión. Más tarde, cuando salimos de la UVI, tu tía Laureta comentó que es imposible medir la magnitud de una desgracia, porque siempre hay algo que te hace ver que hay tristezas más grandes que la tuya. Porque tu abuela, al fin y al cabo, ha tenido una vida larga que ha dado sus frutos en forma de cuatro hijos, y podía estarle muy agradecida a su dios porque los cuatro se han sacado su título universitario y ninguno ha salido drogadicto (¿ninguno? bueno, al menos siempre lo ha creído así, y me parece que ella no considera al alcohol o al tabaco drogas duras). Pero un niño de doce años tiene toda la vida por delante, apenas acaba, de estrenarla.

Laureta dijo entonces que no hay desgracia peor que la muerte de un hijo, que nadie se recupera de algo así. Me he pasado la noche atenta a tu respiración.

Llamaron al sacerdote para que le administrase a tu abuela la unción de los enfermos. Ya no se llama «extremaunción», supongo que para no pasarse de extremistas (mal chiste). La cama de al lado de tu abuela -no la del niño, la otra- la ocupaba un señor que estaba consciente y que, en cuanto el sacerdote sacó el misal, empezó a quejarse a la enfermera para que corriera la cortinilla. Como dijo luego tu tío Vicente, en un arranque de humor negro inusual en él -no lo de negro, sino lo de humor-, la visión del cura debió de ser para el pobre señor como la de un buitre para una cabra moribunda. En un momento dado del sacramento el sacerdote leyó: «Señor, libra a nuestra hermana de todo pecado y toda tentación.» Pero ¿qué tentación puede experimentar tu abuela en semejante entorno? Miré a tu tío. Los ojos azules se habían quedado fijos en el misal, como dos lagos insoportablemente helados, y me di cuenta de que estaba pensando exactamente lo mismo.

Una de las Sonias, ahora no recuerdo cuál, me contó que a su abuelo, que estuvo dos meses ingresado aquejado de un cáncer terminal, le administraron la unción cuatro veces. Al final, cada vez que el buen hombre veía al cura le decía: «Pero padre, ¿para qué voy a confesarme otra vez, si aquí no tengo oportunidad de pecar?»

A tu prima Laura le habían pedido en el instituto que escribiera un trabajo sobre el tema «Cómo era la vida sin contestador, sin teléfono móvil, sin avión y sin televisión».

Para realizarlo, había entrevistado a tu abuela, única persona -además de tu abuelo- a quien conocía que vivió tiempos así, y luego había dado a la entrevista formato de cuento. Hablo de Laura hija, que sigue siendo Laurita a los dieciséis años y que a este paso lo será el resto de su vida, y es que una de las razones que más me pesaban para no llamarte Eva era porque te ibas a quedar con Evita para los restos, y el nombre me suena demasiado a aquel chiste que solía repetir mi padre según el cual Perón le envió un telegrama a su mujer, que se encontraba de viaje oficial, en el que decía: «Evita besos y abrazos.»

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