A mi madre la han cambiado de planta. Ha pasado de la UVI de neurocirugía -a la que la enviaron debido a la falta de camas- a la de digestivo, que es en la que hubiera debido estar desde un principio. Cambio para mejor, porque en esta nueva UVI la mayoría de los pacientes están despiertos y no se respira ese ambiente tétrico de muerte inminente que se percibía en la otra. A los familiares se los ve también mucho más animados. Además, una de las enfermeras de aquí es un encanto que acicaló con mimo a tu abuela. La ha peinado, le ha cortado las uñas y le ha puesto vaselina en los labios. Y es evidente que esto lo hace más por nosotros que por ella, para que el impacto de ver a tu abuela absolutamente amarilla conectada a veinte tubos, un respirador y cuatro máquinas se amortigüe un poco. La enfermera, que se llama Caridad, debe de andar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero igual se trata de una mujer guapa, con ese tipo de belleza que se siente antes de verse: es bella porque transmite armonía, no porque se ajuste a ningún canon. Me hizo mucha ilusión enterarme de que era una de las lectoras de Enganchadas. Creo que fue Savater el que dijo aquello de «No hay mejor antídoto para la vanidad que conocer a tus admiradores». Y es cierto que esta mujer me borró de un plumazo cualquier resto de vanidad, pero no por las razones que el filósofo imaginaba. Me hizo sentir pequeña a su lado porque me di cuenta de que mi trabajo no vale nada comparado con el suyo.

Por la mañana el médico le dijo a mi padre que nos fuéramos preparando, que a mi madre le había fallado el riñón varias veces, que el hígado no funcionaba y que tenía los dos pulmones encharcados.

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