Después de entrevistar a mi madre, Laura-Laurita escribió cinco páginas en las que contaba los rigores de la posguerra y en donde aparecían un montón de anécdotas que yo desconocía. Ignoraba, por ejemplo, que Antonio Machín había comenzado su carrera española actuando en la Explanada de Alicante y que en los años cuarenta no había en esta provincia más salas de fiestas ni cines que los de la capital y, por esa razón, todos los mozos de los pueblos iban allí los fines de semana a buscar novia, a pesar de que poco pudieran hacer en una época en la que canciones como Bésame mucho o Fumando espero estaban prohibidas (no hablemos ya de los tangos de Gardel que tanto le gustaban a mi tía Reme y que hablaban de cosas tales como «calzones de seda con rositas rococó») y no se podían escuchar en la radio ni bailar en público y mucho menos ver u oír en el cine, porque una mano delante del proyector censuraba cualquier escena de amor en películas que, para colmo, ya se habían censurado previamente. Fue por aquella época cuando se prohibió el tradicional carnaval de Alicante, por indecente. Tampoco sabía que la playa del Postiguet fue el escenario de los primeros amores de tu abuela con un veraneante madrileño -amores que se frustraron cuando conoció a su segundo novio, que acabó siendo su cuñado (pero ésa es otra historia, que diría Moustache)-, un romance de lo más inocente ya que un bando del alcalde ordenaba expresamente que los bañistas llevasen albornoz fuera del agua y prohibía los juegos en la playa, y que debía cumplirse a rajatabla so pena de condena, como el arresto de quince días que sufrió una mujer por lucir «un traje de baño inmoral». Pero yo nunca había oído hablar de todo aquello ni conocía tampoco detalles del hambre que tu abuela había llegado a pasar pocos años antes de iniciar aquellas relaciones, cuando el azúcar, el arroz, las judías y el aceite estaban racionados, cuando los hogares se iluminaban con carburo y candil, cuando los caldos se hacían con un raquítico hueso de jamón que todos se peleaban por saborear, cuando afortunado era aquel que podía probar la carne o el pescado pues había quien incluso llegaba a comerse las cáscaras de naranja que se encontraba por la calle, cuando los agricultores vendían de estraperlo la mayor parte de sus cosechas en connivencia con los altos cargos de la jerarquía franquista, enriqueciéndose de forma rápida a costa del hambre de media España. Y mucho menos sabía que tu abuela se había pasado casi toda la juventud vestida de negro, porque el color de los lutos llegó a ser casi el habitual de las prendas de vestir pues rara era la familia que no había sufrido la pérdida de algún familiar. Además, resultaba el atuendo más barato, ya que la sarga negra podía usarse sin que se notaran en demasía el paso del tiempo y los mil y un lavados. Otra de las cosas que ignoraba es que tu abuela no tuvo un traje rojo hasta el año sesenta debido a que en la posguerra aquel color pasó a estar tácitamente prohibido, y también desconocía que la tía de mi madre, Sabina, sospechosa de roja porque tuvo un novio que cayó luchando a favor de la República, se quedó soltera pese a haber sido guapísima de joven porque en Elche nadie se atrevía siquiera a hablarle, temerosos de las represalias, y por este motivo los padres de mi madre, Blai Benayas y Palmira Lloret, decidieron trasladarse a Alicante al poco de su boda después de que alguien denunciara a Sabina, no fuera que luego fuesen a por mi abuela, que no se había significado nunca pero que no dejaba de ser una Lloreta, hija de un ateo y masón reconocido y para colmo hija «natural», como decían entonces, dado que sus padres no se habían casado por la Iglesia. Y eso que Elche nunca fue fascista, muy al contrario, siempre se dijo en Alicante que era «la ciudad del marxismo» debido a que era una zona textil con un movimiento obrero muy fuerte, donde casualmente se fundó en 1870 la primera logia de toda la provincia, la «Illecense» (aunque mi bisabuelo no pertenecía a ésta sino a la «Constante Alona»), creada bajo los auspicios del Gran Oriente Nacional de España. Pero aun así mis abuelos seguían teniendo miedo, pues eran conscientes de que en aquellos tiempos cualquiera denunciaba al vecino aireando antiguas afrentas o celos nunca solventados. Sin embargo, Flora y Sabina, las tías de mi madre, se quedaron en Elche a cargo de la turronería de la primera.