Ayer tu padre llegó a casa diciendo: «Tú, que te quejas siempre de que la vida no tiene sentido, de que el hombre es un lobo para el hombre, deberías haber subido al metro conmigo hoy. En cuanto me he montado con el bebé se han levantado varias personas para cederme su asiento, y cuando he dicho que no nos hacía falta, una señora ha insistido y prácticamente me ha incrustado en el suyo. Y medio vagón hacía comentarios sobre la niña, que qué buena era y que qué suerte tenía yo.» Incluso una señora le ha regalado una medallita de la Virgen de Lourdes, para que te protegiera. Supersticiosa como soy -tendrás tiempo de descubrirlo-, te la he cosido al carrito.
Pero no, lo que cuenta no me hace creer en la bondad intrínseca del género humano. Cuando iba camino del hospital ha subido al metro un negro famélico pidiendo dinero. Era un esqueleto andante de ojos amarillos y le costaba mucho caminar. Creo que tenía sida. Según el negro iba avanzando por el pasillo con la mano extendida, como un zombi suplicante, los pasajeros apartaban la mirada. La única que le ha dado algo he sido yo: todo lo que tenía en el monedero, impulsada por el sentimiento de culpa y por la vergüenza ajena.
A la gente le hace ilusión ver una nueva vida, pero no aguantan ver la muerte cerca: les recuerda demasiado la inevitabilidad de la suya.
Ésa es la razón por la que tu tío, mi cuñado Julián, marido de tu tía Asun, se ha negado a entrar en la UVI a ver a tu abuela. Dice que no soporta los hospitales. A mí, al contrario, no me deprimen, quizá porque los asocio con algo bueno. He pasado media vida en hospitales a partir de la adolescencia a cuenta de la traqueítis crónica y siempre recuerdo que el dolor terminaba, no empezaba, cuando llegaba al centro. En cuanto te enganchaban un gotero con morfina o un inhalador sabías que había empezado el fin del sufrimiento, que el dolor o el ahogo acabarían en breve. Y esa asociación hospital-alivio se confirmó cuando tú naciste. La situación ahora es muy distinta, pero a pesar de todo me esfuerzo en intentar no asociar UVI con dolor, más bien al contrario. Prefiero pensar que si tu abuela sobrevive es gracias al hospital, que si se hubiera quedado en casa estaría utilizando el pasado como tiempo verbal para escribir sobre ella, que si no le inyectaran drogas a través de los goteros estaría aullando de dolor.
Dijo Fernando Pessoa que «ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad».
2 de noviembre.
Mi hermana Laureta, la madre de Laurita, hace tiempo que quiere separarse. O al menos lleva años diciéndolo. Laureta se casó por primera vez a los veintitrés años con un francés de buenísima familia y larguísimo apellido que vivía y vive de las rentas familiares y al que conoció en Ibiza. Hasta los veinte había estado estudiando Psicología y trabajando de camarera en el Pachá de la playa de San Juan, el club más