Yo debía de presentar un aspecto lamentable, porque inmediatamente me preguntó si quería que avisara a un médico. Le dije que no, que me conformaba con un vaso de agua y un analgésico de cualquier tipo. El vaso me lo trajo al instante, lo del analgésico le llevó un poco más, pues tuvo que ir a la farmacia a buscarlo. Pero volvió, eso sí, con una caja de alka seltzer, otra de paracetamol, unas ampollas de vitamina B12, un paquete de Rennies, dos tetrabriks de zumo de pomelo y una bolsa de hojas de manzanilla para hacer infusión. Aparte de prepararme la manzanilla me hizo también un arroz hervido con limón, cuya visión no me suscitó precisamente un cosquilleo de placer anticipado en el estómago pero que desde luego me ayudó a asentarlo. El caso es que entre el arroz y los fármacos, al cabo de una hora me encontraba más o menos repuesta, lo que significa que podía mantenerme sentada en el sofá apoyándome sobre las almohadas. Sin embargo la cabeza seguía doliéndome como si me la hubieran machacado a martillazos. El rumano sugirió entonces un remedio de emergencia que, según él, supondría la solución definitiva a mis problemas: debía sumergirme en una bañera de agua caliente en la que hubiéramos disuelto la caja entera de paracetamoles. Al parecer, el agua caliente dilataba los poros y facilitaba la absorción del compuesto por vía tópica. Pero lo cierto es que la bañera del apartamento de Sonia presentaba un aspecto de no haber conocido estropajo en muchos años, y daba la impresión de que sumergiéndose allí una podía pillar todo tipo de enfermedades conocidas y por conocer. Cuando se lo dije al rumano él se ofreció a solucionar el problema y, dicho y hecho, armado de estropajo y detergente la emprendió con la bañera que dejó como los chorros del oro, así que no me quedó otra que probar el baño. Le dije que podía irse a su casa si quería, que no tenía que esperar a que acabara de bañarme, porque lo cierto es que me sentía un poco incómoda con aquella situación, pero él insistió en quedarse, por si acaso me desmayaba al salir, no fuera que el agua caliente me bajara la tensión. Cuando, después de media hora larga en remojo, salí del agua hecha una mujer nueva -y es que el remedio había funcionado a las mil maravillas-, me encontré con que el rumano había preparado una sopa de fideos a partir de los cuatro botes que había encontrado en la cocina de Sonia.
Una sensación ambigua me invadía. Por una parte me sentía lógicamente agradecida, e incluso necesitada, pero por otra tanta generosidad me abrumaba, no sé si porque me sentía indigna de ella o porque me fatigaba tener que cargar con el fardo de la admiración ajena, o lo que fuera, porque tenía claro que algo tenía que haber despertado en aquel chico para que se hubiera tomado tantas molestias por mí, a no ser que tuviera una clara vocación de buen samaritano, que todo podía ser. Me fatigaba verme obligada a sentir algo de reciprocidad, aunque sólo fuera agradecimiento, y me excedía la responsabilidad de corresponder, de tener la decencia de mostrarme al menos amable y educada. Sentía gratitud, por supuesto, pero una gratitud abstracta, asombrada, más forzada que sincera, que nacía antes de la razón que del corazón. No sé si, de no haberme visto obligada por esa conciencia de la obligación, hubiese pasado toda la tarde con el rumano, como finalmente hice, tirados en el sofá viendo vídeos y charlando, en una tarde casera y absolutamente asexual. Tan asexual como había sido la noche anterior, porque Antón, que así se llamaba el chico, me explicó que entre nosotros no había pasado absolutamente nada. Cuando salimos del Nell's, Sonia se marchó con el pretendiente que aparentemente tan poco le gustara hasta entonces y nosotros dos cogimos un taxi. La idea era que el vehículo se detuviera primero en mi apartamento para seguir desde allí hasta el Bronx, que era donde vivía él. Pero durante el trayecto me quedé dormida como un tronco y, cuando llegamos, sólo acerté a articular con voz desmayada el piso y la puerta del apartamento y a sacar mi juego de llaves del bolsillo de la chaqueta, de forma que Anton se vio obligado a arrastrarme como pudo hasta la casa (yo estaba lo suficientemente lúcida como para dejarme arrastrar, e incluso colaborar en la operación de remolque intentando a duras penas andar, pero no lo bastante despierta como para ser capaz de articular una frase medianamente coherente) y una vez allí se quedó a dormir a mi lado; primero, porque le daba no sé qué dejarme sola en semejante estado; segundo, porque hubiera sido imposible encontrar un taxi en Spanish Harlem a las tantas de la mañana. No le dije que hubiera podido llamar a uno por teléfono porque di por hecho que estaba omitiendo una tercera razón: que yo le gustaba, aunque asumir algo así resultaba bastante inmodesto por mi parte.