Cuando volví a casa, a las tres, tu padre sacó el perro a pasear y me dejó sola en casa contigo. Y entonces, aún no sé por qué, te agarraste la primera rabieta de tu vida. No querías chupete, ni biberón, ni rorros, ni nanas, ni que te meciera, ni que te siseara, ni que te pusiera en el cuco ni que te paseara en cochecito por el pasillo, gritabas y gritabas cada vez más alto, la cara se te estaba poniendo roja como a un antiquerubín, un pequeño demonio de mes y medio, y pataleabas como si quisieras romper el aire. Yo estaba agotada y cansada, y parecía que tu llanto fuera un interruptor que hubiera activado de pronto lo peor de mí, todas mis inseguridades y mis miedos, y una voz interna me decía que no servía para madre y que no servía para nada, ni siquiera para algo tan simple como ocuparme de un bebé, y antes de que me diera cuenta me encontré zarandeándote. Las palabras del libro se me aparecieron de pronto, en letra negra impresa como si tuviera una pantalla blanca frente a mí: «Nunca sacuda al bebé, ni cuando se enoje ni cuando juegue. Sacudir a un bebé puede lesionarle el cerebro o causarle la muerte.» Entonces recuperé de pronto la cordura, te dejé en el cuco, todavía berreando, y me fui a otra habitación. Jamás me había apetecido tanto una copa.

Había leído en algún libro que si en cualquier momento me encontraba desbordada y fantaseando con maltratarte, debía llamar inmediatamente a una línea de ayuda.

Como creo recordar que el libro era yanqui, pues nunca he oído de líneas de ayuda para madres desbordadas en España, agarré un cojín del salón y lo aporreé con todas mis fuerzas hasta que me quedé exhausta. Al llegar a casa tu padre nos encontró a las dos hechas un mar de lágrimas.

No había pasado tanto miedo desde que vi Tiburón en el cine, a los ocho años.

En cuanto regresé a Madrid desde NY mi vida se convirtió en un frenético teclear de mails, todo encaminado a atar bien atado mi verano. Mails a Tania, que me aseguró que ya me tenía buscado y cerrado el trabajo para el verano como profesora de español para los cursos de Stony Brook. Mails a Sonia, que me buscó un sublet, un apartamento realquilado en Manhattan que pertenecía -no iba a ser de otra manera- a una stripper que en verano se iba a hacer la aventura japonesa (por lo visto en Japón las strippers blancas y rubias cobran sueldos astronómicos, muy en particular las aniñadas, razón por la cual esta chica era probablemente la única integrante de la muy boyante sex industry de Nueva York que no se había operado el pecho: caprichos del yen obligan). Mails al rumano, que me enviaba de vez en cuando notas muy cariñosas a las que yo respondía por educación y porque pensaba que me convenía contar con algún amigo en la ciudad más que porque el tipo me interesara demasiado o demasiado poco. Mails también al estudiante francés con el que había contactado por Internet y que me realquilaría el piso de Madrid durante el verano para, además de pagarme un dinero que me permitiera a mí pagar el plazo de la hipoteca, ocuparse de mantener limpia y viva la casa y cuidar de las plantas (aunque, por si acaso, Consuelo, que se quedaba con el perro, también tenía un juego de llaves y se pasaría cada semana a verificar si las cosas iban bien). Y mails finalmente a Claudia, una amiga de Paz que trabaja en una agencia de viajes y que se ocupó de buscarme el billete más barato en el vuelo chárter Madrid-Nueva York más cutre y casposo que se podía encontrar.

Así que a finales de junio lo tenía todo dispuesto y había hecho gala de una organización y una eficiencia dignas de mi hermano Vicente. Y de pronto, como si alguien me hubiera echado un mal de ojo, todo el presuntamente organizado plan se desbarató en cuestión de días.

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