Y más tarde cambiar de casa, porque la antigua estaba alquilada, aunque en realidad fuera propiedad de Serge, que la había puesto a nombre de una sociedad. Y claro, una cosa es vivir una pasión prohibida en un entorno paradisíaco y otra muy distinta vivir una vida normal con un profesor de alemán que está buenísimo (porque lo está), pero no más que lo estuviera el primer marido, y que encima es, como buen alemán, bastante previsible y aburrido.

Hoy, en el hospital, nos han hecho esperar más que de costumbre y a Laureta le ha dado tiempo a desgranarse en confidencias, pasillo va pasillo viene, mientras esperábamos a que los médicos acabaran con lo que estuvieran haciendo dentro ¿un respirador que falla?, ¿un monitor cuyas constantes descienden? Laureta dice que se separaría ahora mismo si pudiera comprarle a Christian la mitad de la casa (que compraron a medias tras el divorcio de ella), pero no puede, y ¿adónde va a ir ella con dos niños y al precio que se han puesto los pisos? Como los hijos son de su primer marido y al segundo no le corresponde garantizar su bienestar, ella está segura de que un juez no le daría la casa, de forma que parece que la burbuja inmobiliaria es la responsable de que viva atrapada en un matrimonio infeliz.

– He estado tan desesperada que he llegado a pensar que si mamá muriera al menos podría separarme. Con la herencia, ya sabes.

– No, si te entiendo. A mí se me pasó lo mismo por la cabeza, que podría pagar la deuda de Hacienda y cancelar la hipoteca.

– Se lo dije a Vicente y me dijo que él pensó lo mismo, que con la herencia podría pagar por fin la reforma de su casa.

– Somos unos hijos horribles…

– Sí…

Es el síndrome de Pollyanna, la niña que vivía en un orfanato esperando una muñeca y que recibió, por equivocación, un par de muletas de regalo de Navidad: dijo que se sentía feliz porque no tendría que usarlas.

De todas formas, la herencia no daría para tanto.

O sí. Me esfuerzo en alejar malos pensamientos, la imagen, por ejemplo, de una comida familiar en la que, cotilleando sobre las peleas familiares de unos vecinos, mi madre le dijo a Reme: «Yo siempre pensé que mis hijos tenían sus diferencias, pero cuando me entero de cosas así, me doy cuenta de que no se llevan tan mal», y Vicente intervino, medio en broma, medio en serio: «Ya, ya, espera a que tú te mueras y nos empecemos a pelear por tu dinero.»

<p>3 de noviembre.</p>

Ninguno nos conocemos del todo, y hace falta una situación extrema para que descubramos lo poco que sabemos de nosotros mismos. A solas creemos vislumbrar a veces algo de nuestro yo esencial -soy nerviosa, soy sensible, nunca diría esto, nunca me pondría aquello, nunca probaría lo otro, nunca llegaría a hacer una cosa así, nunca me sentiría atraída por tal o cual persona, este límite nunca lo sobrepasaría…-, pero al final esto no es más que una parodia íntima y el día menos pensado, en la situación aparentemente más cotidiana, descubrimos que todos los límites son sobrepasables. Vivimos más o menos felices mientras no sabemos lo que somos, pero todo cuanto somos consiste en lo que no somos, porque siempre nos engañamos en lo que creemos verdadero.

Fue horrible. No conseguía conciliar el sueño porque me rondaban por la cabeza tanto mis problemas de dinero como la imagen de mi madre en el hospital, y cuando por fin parecía, a las tres de la mañana, que empezaban a pesarme los ojos de sopor, tú te pusiste a llorar reclamando biberón y cambio de pañal y al final nos dieron las cuatro entre una cosa y otra. Había quedado con mi padre a las nueve de la mañana en el hospital y a las siete y media tenía que levantarme para que me diera tiempo a maquillarme, peinarme y vestirme con cierto esmero para que tu abuelo no me soltara la consabida perorata sobre mis pintas y mi aspecto, que me soltó de todas maneras en cuanto me vio llegar por la puerta.

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