Y sin embargo, y por mucho que esta afirmación nunca se discutiera y por mucho que repitiera la tía Eugenia que no entendía cómo su Eva había acabado casándose con semejante pelagatos cuando, con lo guapísima que había sido (ya se sabe a quién ha salido Laureta), hubiera podido elegir entre los mejores partidos de la provincia, que ofertas nunca le faltaron, el caso es que, de puertas afuera, habría parecido siempre que mi padre tenía cualidades suficientes, por no decir más que de sobra, para enamorar a cualquier mujer. Tan alto, tan fornido, tan rubio (a él he salido yo, con la sutil pero nada irrelevante diferencia de que el adjetivo fornido sólo queda bien cuando se aplica al varón), tan hombre, tan brillante e ingenioso (si bien su ingenio, de un agudo que acaba a veces por ser afilado, tiende a desembocar en el sarcasmo mordaz e inmisericorde con excesiva frecuencia, excesiva sobre todo si se tiene en cuenta que muchas veces la destinataria de sus puyas he sido yo), tan amigo de sus amigos (frase que me resulta un poco absurda, es obvio que amigo de sus enemigos no va a ser), tan, tan, tan… En fin, la lista de sus muchas cualidades, siempre destacadas en boca de los que de toda la vida le conocen, sería tan larga como su propia estatura: a mi padre le recuerdo desde la infancia rodeado perennemente de incondicionales -ellos y ellas- dispuestos a reírle las salidas y a ignorarle las mezquindades. Y mentiría si dijera que no he sospechado alguna vez que algunas de las amigas de su círculo (por lo general mujeres de sus amigos) le veían con unos ojos más tiernos de aquellos con los que se supone que está bien visto mirarse entre parejas casadas.

En fin, que qué voy a decirte. Mi padre, tu abuelo, ha sido el rey de su casa, y sus deseos eran órdenes para todos los demás, muy en particular para mi madre, que nunca jamás le ha discutido ninguna de sus decisiones, expresadas en una voz masculina, tajante, posesiva, palpante como una mano y envolvente como una bofetada de calor, seductora o amenazadora según el matiz que su dueño le imprimiera, pero siempre, en sustancia, la misma. Se trata de un hombre que ha vivido acostumbrado a imponer disposiciones con el aplomo de quien se asombra de que no se cumplan aun antes de haber sido dadas. Si íbamos a veranear a Santa Pola, por mucho que mi madre dijera que allí se aburría, era porque él compró el apartamento a través de un conocido suyo que era constructor. Si vinimos a vivir a Madrid fue porque él quiso (y porque encontró un trabajo aquí, claro), cuando se empeñó en que Alicante se le había quedado pequeño y él quería vivir en una ciudad grande, pese a que mi madre no se cansara de repetir a quien quisiera escucharla que así pasaran cien años ella nunca se acostumbraría a los inviernos castellanos. Si en nuestro apartamento de Santa Pola no se podía beber otra horchata que no fuera la que hacía Melchor -el orxatero de Almussafes-, traída expresamente en gelaora de veinte litros, era porque mi padre insistía en que no había otra mejor, y que constituía un sacrilegio probar siquiera una horchata que no se hubiera hecho conforme a la tradición artesana de siglos, y que en Alicante la costumbre ya se había perdido. Si en la despensa de casa siempre hubo reservas de botes de berenjenas en salmorra que casi se podían calificar de industriales era porque a él le gustaban, y si nunca se sirvió arroz en nuestra mesa-sacrilegio imperdonable, tratándose de una familia de alicantinos- fue porque él no lo podía ni ver (yo probé el arroz por primera vez a los seis años, en el comedor del colegio), después de que a los veinte se intoxicara por culpa de una paella d'arpó que le sirvieron en una excursión en un motor de la Albufera y le tuvieran que ingresar en el hospital. Y por eso mi madre, en las contadas ocasiones en las que salía a comer sin mi padre, acompañada por Reme o Eugenia, pedía siempre arroz, y esto lo sé porque mi tía biológica y mi tía postiza me lo contaron, cada una por su lado, rogándome que no delatara a la una frente a la otra. Y ahora, por primera vez, las cosas no le salen a mi padre como él quiere, porque en más de una y de dos ocasiones le he oído decir que él querría morir antes que mi madre, que no se imaginaba cómo viviría sin ella. Y claro que no podría vivir sin ella… ¡Si ni siquiera sabe freír un huevo o calentarse un café! De hecho, lo primero que hizo mi hermano en cuanto a mi madre la ingresaron -más bien lo segundo, lo primero fue cambiar la titularidad de las cuentas- fue hablar con la asistenta que trabaja en casa de mi madre y ofrecerle un sobresueldo para que le haga a mi padre el desayuno y la comida y le deje hecha la cena antes de marcharse.

No es que mi padre no supiera vivir sin mi madre, es que no sabe vivir solo.

<p>9 de noviembre.</p>
Перейти на страницу:

Похожие книги