En mitad de la conversación te oímos llorar de hambre y hubo que traerte a nuestro lado para darte el biberón. Tu padre, que te oyó desde la terraza, se presentó a echar una mano, gesto que despertó los admirados «oooooohs» y «aaaaaahs» de mis amigas, que no cesaban de repetir: «¡Es un padrazo, un auténtico padrazo! ¡Qué suerte tienes, Eva!» Excepto
8 de noviembre.
No me ha quedado otro remedio que llevarte al hospital porque tu padre tenía un compromiso ineludible: Gabi le invitaba al cine y yo no quería aguarles la fiesta. Pensaba que no sería tan complicado, pero ha resultado ser la proeza del siglo, porque el transporte público no está pensado para bebés. Yo no te puedo llevar en mochila porque ya pesas seis kilos y, como ya te conté, el embarazo y el consiguiente crecimiento del pecho acentuaron mi desviación de columna y el médico me ha prohibido cargar pesos, así que si sales conmigo vas en carrito. Pues bien, la estación de metro que conduce al hospital está llena de escaleras, pero ni una sola rampa. Y eso que se trata de la estación de un hospital, donde se supone que acudirá mucha gente en silla de ruedas. Al final he conseguido arreglármelas porque un joven fornido me ha ayudado a bajar el carrito. Conste que yo se lo he pedido, ojo, no vayas a creer que se ha ofrecido espontáneamente. Como el metro tampoco tiene rampas y sí muchas escaleras, no puedo plantearme salir contigo a la calle a hacer distancias largas, o al menos como para que no pueda cubrirlas a pie. Quienquiera que diseñara el transporte urbano de esta ciudad debía de ser amigo de Tibi y pensaba que mujer parida, en casa, tendida y con la pata quebrada. Y de paso pensaba también que los minusválidos harían feo en la calle.
A ti te gusta Asun, siempre sonríes cuando la ves. Probablemente te atrae su olor francés a flores, su voz dulce o sus maneras amables. Por ese motivo te he dejado con ella en la planta baja del hospital, porque los niños no pueden entrar más allá y alguien tenía que cuidar de ti. Allí había un montón de familias con críos de todas las edades que jugaban a perseguirse o se arrastraban debajo de las sillas de espera, de plástico, durísimas y bastante incómodas, por cierto. A los pequeños, al contrario que a sus padres, parecía darles igual estar en el hospital o en el cementerio. Había una señora que lloraba a lágrima viva mientras a su lado una niña de unos tres años le contaba historias a su muñeca con su lengua de trapo, tan feliz. Supongo que hay un montón de gente que tiene familiares en el hospital y que se llevan a los chiquillos porque no les queda otra, pero no debe de ser plato de buen gusto para nadie llevarlos a semejante sitio. Digo yo que tampoco costaría mucho habilitar un pequeño espacio para guardería. Pero deben de considerarlo como las rampas de la estación: un lujo prescindible.
Cuando llego a la planta nueve me llama la atención lo desértica que la encuentro con respecto a ayer. Al momento caigo en la cuenta del porqué de esa primera impresión: me falta el clan gitano. Pregunto a Caridad, a la que me encuentro al lado de la cama de mi madre, charlando con mi padre, y ella me cuenta que el joven gitano por el que la madre tanto se lamentaba sólo estuvo una noche en la UVI y al día siguiente ya estaba en su casa. Eso sí, su familia se la ha pasado entera haciendo guardia. Y cuando digo familia lo digo en el sentido más extenso de la palabra: madre, hermanos, primos, primos segundos, tías, tías abuelas… Por lo visto se trataba de un yonqui que se atragantó con su propio vómito. Dice que cuando un gitano ingresa en el hospital, el clan entero acude a su lado.
– En maternidad hemos tenido muchos problemas -nos explica-, porque aquí no nos importa que se queden pero allí molestan, y no hay forma de que entiendan que tantos no pueden estar. Nos han llegado a amenazar y todo.