Mi padre asiente con la cabeza, interesadísimo. Ya trata a Caridad como si la conociera de toda la vida. A ella y a todo el personal de la UVI, médicos y enfermeras, de los que se ha hecho amiguísimo, al igual que de los familiares de los otros enfermos. Se sabe el historial de cada uno y les pregunta a todos que cómo va su hermano, su madre, su padre o quien corresponda, interesándose por la evolución del paciente y finalizando cada miniconversación con palabras de ánimo y/o consuelo. Esta sociabilidad exagerada la he heredado yo, que soy tímida pero no maleducada (tu padre no acaba de entender por qué cada vez que salimos a la calle tenemos que pararnos cada tres metros a saludar al quiosquero, al portero del bloque de al lado, a los del mercado y a cuarenta conocidos que me paran por la calle), y la has heredado tú también, que cuando sales en el carrito le dedicas una de tus radiantes sonrisas recién aprendidas a cualquiera de las múltiples viejecitas que se paran arrobadas a repetir aquello de «¡qué niño tan guaaaaapo!» porque, como no vistes de rosa ni llevas pendientes, ninguna te toma por niña. La ha heredado hasta el perro, que cada vez que llega a casa cualquiera, ya sea amigo, cartero, mensajero o cobrador del gas, saluda moviendo la cola desaforadamente y pegando unos saltos de campeón olímpico. Es el antiperro guardián.

Sí, mi padre es y siempre ha sido el hombre más sociable del mundo, el más atento y el más seductor, al menos de puertas para fuera. Y siempre ha caído bien allá donde estuviera, todos le encuentran siempre taaaaan fantástico. Porque él es Leo, el Sol, y los demás estamos condenados a ser planetas que giramos a su alrededor. De siempre se ha dicho en mi casa que mi padre estaba más enamorado de mi madre que ella de él, a pesar de que sus temperamentos fueran diametralmente opuestos y de que raramente coincidieran en cuestión ninguna, y en el pequeño universo en el que yo vivía esta afirmación era aceptada como dogma, e incluso era mi padre el primero en proclamarla. Nunca hubo al respecto la menor sombra de duda ni nadie se planteó que las cosas pudieran ser de otra manera. Esta alianza de afectos desparejos se hizo siempre evidente en las actitudes y en las conversaciones. A mi madre le gustaba repetir a quien la escuchara, por ejemplo, la historia de aquella vez en que se hizo echar las cartas por la bruja Juli, la vidente más famosa de Elche y de Alicante toda -provincia en la que probablemente haya más videntes, brujas, curanderos y espiritistas que en ninguna otra región de España, con la posible excepción de Galicia-, y cuyo prestigio subió como la espuma desde el día en que predijo acertadamente que el gordo de la lotería iba a caer en Elche, por mucho que la señora recete cosas tan raras como ese sortilegio para ungar -atraer hombres-, que consiste en darles en el café o el chocolate sangre de la menstruación (de la menstruación de la mujer que les quiere ungar, no de la bruja, se entiende). Cuántas veces le he oído contar cómo había ido a que le leyeran las cartas arrastrada por la tía Reme (porque ella, y eso le encantaba remarcarlo, no creía mucho en esas cosas, que por algo era católica, pero fue por no hacerle un feo a su cuñada, que tanta ilusión tenía por ver a la Juli) para que mi madre le preguntase que cuánto iba a durar su matrimonio, y ésta le echó las cartas en dos filas paralelas, una que representaba a la consultante y otra que representaba a su marido, y le respondió que la relación duraría lo que ella quisiera, porque la carta que presidía la fila opuesta a la suya era la de Los Enamorados, y eso significaba que su marido nunca iba a dejarla, porque estaba y estaría siempre loco por ella.

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