Reunieron a unos veinte presos de diferentes celdas y nos condujeron primero al baño (en cada quiebro de su vida el preso debe pasar antes que nada por el baño). Allí tuvimos tiempo —una hora y media— de entregarnos a conjeturas y reflexiones. Luego, reblandecidos y relajados, nos llevaron por el jardincillo esmeralda de un patio interior de Butyrki, donde cantaban ensordecedores los pájaros (probablemente no fueran más que gorriones). El verdor de los árboles tenía para nuestros ojos desacostumbrados un fulgor insoportable. Jamás mis ojos captaron con tanta fuerza el verdor de las hojas como aquella primavera! Jamás había visto nada más parecido al paraíso divino que aquel jardincillo de Butyrki, cuyos senderos asfaltados podían recorrerse en menos de treinta segundos! [165] 5

Nos llevaron a la estaciónde Butyrki (el lugar a donde llegan y de donde parten los presos; un nombre muy acertado, pues el vestíbulo principal era parecido al de una gran estación de ferrocarril) y nos metieron en un box grande y espacioso. Había en él penumbra y el aire era puro y fresco: su único ventanuco, bastante pequeño, estaba muy alto y no tenía bozal. Daba a ese mismo jardincillo soleado, y a través del cuarterón superior, que estaba abierto, nos ensordecía el trinar de los pájaros. En el espacio abierto del cuarterón cimbreaba una rama de color verde vivo que prometía libertad y regreso al hogar para todos. (¿Lo ves? ¡Nunca nos han metido en un box tan bueno como éste! ¡Cómo va a ser una casualidad!)

¡Y además, teníamos que pasar todos por la OSO! [166] 6O sea, que a todos nos habían arrestado por nada.

Durante tres horas nadie nos importunó, nadie abrió la puerta. Paseábamos una y otra vez por el box hasta que, agotados, nos sentábamos en los bancos de azulejos. Y la rama no dejaba de oscilar por el resquicio, y los gorriones trinaban en un diálogo de locos.

Retumbó la puerta y llamaron a uno de nosotros, a un pacífico contable de unos treinta y cinco años. Salió. Se cerró la puerta. Ahora recorríamos aún con más frenesí nuestro cajón, estábamos en ascuas.

Otro portazo. Llamaron a otro y devolvieron al anterior. Nos abalanzamos sobre él. ¡Pero ya no era él! En su rostro la vida se había quedado paralizada. Tenía los ojos abiertos, pero estaban como vacíos. Con movimientos inseguros se movía tambaleante sobre el liso suelo del box. ¿Estaría contusionado? ¿Le habrían pegado con una tabla de planchar?

—Bueno, ¿qué? ¿Cómo ha ido? —le preguntábamos ansiosos. (Si no venía de la silla eléctrica, por lo menos le habían anunciado una sentencia de muerte.) Con la misma voz con que comunicaría el fin del Universo, el contable dijo a duras penas:

—¡Cinco! ¡Años!

Volvió a golpear la puerta: regresaban tan pronto como si se los hubieran llevado al retrete a hacer aguas menores. Éste volvía radiante. Eso tenía que ser que lo ponían en libertad.

—¿Y bien? ¡Venga, cuenta! —nos agolpamos a su alrededor con renovada esperanza. Hizo un ademán con la mano ahogándose de risa:

—¡Quince años!

Aquello era demasiado absurdo para creerlo de golpe.

7. En la sala de máquinas

Ahora no había nadie en el box contiguo a la «estación» de Butyrki, el conocido box del pasamanos*(donde se cacheaba a los recién llegados, y cuyas amplias dimensiones permitían a cinco o seis guardianes trasegar hasta veinte zeks de una tacada). Las toscas mesas utilizadas para dejar los objetos estaban vacías. Sólo había, sentado en un rincón, un comandante del NKVD, bien aseado, de cabello negro, tras una improvisada mesita con una lámpara. La expresión que dominaba en su rostro era de un aburrimiento resignado. Estaba perdiendo el tiempo vanamente mientras traían y retiraban a los zeks de uno en uno. Se habrían podido recoger sus firmas con muchísima mayor rapidez.

Me señaló una banqueta frente a él, al otro lado de la mesa y preguntó por mi apellido. A derecha e izquierda del tintero había dos montoncitos de papeletas blancas todas idénticas, de un tamaño de media cuartilla, como el que se emplea en los bloques de viviendas para administrar el combustible, o en los organismos oficiales para extender los vales con que se encarga el material de oficina. El comandante hojeó la pila de la derecha y halló el papelito que se refería a mí. Lo extrajo y lo leyó de carrerilla con indiferencia (alcancé a entender que me caían ocho años), y acto seguido empezó a escribir con su estilográfica en el reverso que el texto se me había dado a conocer en fecha de hoy.

Mi corazón no dio ni medio latido más deprisa, hasta tal punto me era todo ya familiar. ¿Era aquello mi condena, el vuelco trascendental de mi vida? Me habría gustado emocionarme, sentir con intensidad ese instante, pero la verdad es que no pude. El comandante me alargó la hoja con el reverso hacia mí. Ante mí había un portaplumas escolar de siete cópeks conuna plumilla de lo más malo, que encima tenía un cendalpescado del tintero.

—No, debo leerlo yo mismo.

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