¡Pero resultó que ya no eran aquéllos! Sí, ahora decían que no habían sido ellos. Me aseguraban que aquéllosya no estaban ahí. Algunos se habían jubilado con todos los honores y a otros los habían destituido. (Resulta que Ulrich, el más notorio de los verdugos, había sido revocado en vida de Stalin, en 1950, por... ¡lenidad!) A otros (podían contarse con los dedos de las manos) hasta los juzgaron, en tiempos de Jruschov, y desde el banquillo de los acusados, amenazaban: «¡Hoy nos juzgas tú a nosotros, pero mañana nosotros te juzgaremos a ti, ándate con cuidado!». Pero como todas las iniciativas de Jruschov, este movimiento, muy enérgico al principio, pronto cayó en el olvido y fue abandonado. Por tanto, no llegó a asentar un cambio irreversible, es decir: todo siguió dentro de los cauces de siempre.

Ahora esos veteranos de la jurisprudencia evocaban ante mí, uno tras otro, sus muchos recuerdos, proporcionándome sin querer abundante material para este capítulo. (¿Qué pasaría si ellos se decidieran a hacer memoria y publicarlo todo? Pero pasan los años —cinco van ya cuando escribo esto— y nada está más claro.) [176] 5Recordaban que, en las conferencias de magistrados, los jueces se vanagloriaban de haber conseguido eludir el Artículo 51 del Código Penal relativo a las circunstancias atenuantes, con lo que lograban colgar ¡veinticinco años en lugar de diez! O la humillante subordinación de los tribunales a los Órganos. Aun juez le llegó al tribunal la siguiente causa: un ciudadano que había vuelto de los Estados Unidos afirmaba calumniosamente que ahí había buenas carreteras. Nada más. ¡Y en el sumario tampoco había nada más! El juez tuvo el atrevimiento de devolver el expediente para que se siguiera con las diligencias previas, con objeto de obtener «un material antisoviético plenamente válido», es decir, para que torturaran y golpearan a ese detenido. Pero no se le tuvo en cuenta al juez sus nobles intenciones y le respondieron con indignación: «¿Así que usted no confía en nuestros Órganos?», y al juez... ¡lo enviaron de secretario judicial a la isla de Sajalín! (En cambio, en tiempos de Jruschov serían más benignos: esos jueces a los que procesaban por «haber caído en falta» los mandaban..., ¿a qué dirían ustedes?, ¡a trabajar de abogados defensores!). [177] 6De la misma manera claudicaba ante los Órganos la fiscalía. Cuando en 1942 salieron clamorosamente a la luz los desmanes de Riumin en el contraespionaje de la flota del norte, la fiscalía no se atrevió a intervenir ni a hacer uso de su poder, sino que se limitó a informar de forma respetuosa a Abakúmov de que sus mozos andaban haciendo de las suyas. ¡No es extraño que Abakúmov se creyese que los Órganos eran la sal de la tierra! (Fue entonces cuando Abakúmov llamó a Riumin y lo ascendió a lo más alto, para su propia desgracia.)

Sencillamente faltó tiempo, pues de otro modo me habrían contado diez veces más. Pero con lo que había quedado dicho, para mí ya había motivo suficiente de reflexión. Si el tribunal y la fiscalía no eran más que peones del ministro de la Seguridad del Estado, quizá no valiera la pena dedicarles un capítulo aparte.

Hablaban a porfía y yo los contemplaba admirado: ¡Pero si eran personas! ¡Personas de verdad! ¡Si hasta sonreían y se sinceraban, diciendo que su único deseo era hacer el bien. ¿Pero y si las cosas se tuercen y tienen que volver a juzgarme? Por ejemplo, en esa misma sala (se disponían a mostrarme la sala principal).

Pues nada, que sería un reincidente* más.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Los hombres o el sistema?

Durante varios siglos hemos tenido un proverbio: no temas la Ley, sino al juez.

Me parece, sin embargo, que la Ley ha rebasado a los hombres,, que en crueldad, éstos han quedado a la zaga. Ya va siendo hora pues de darle la vuelta al proverbio: No temas al juez, sino a la Ley.

La de Abakúmov, naturalmente.

Ahora han empezado a subir a la tribuna. Opinan sobre el Iván Denísovichy confiesan gozosos que este libro alivió sus conciencias (son sus propias palabras...). Reconocen que en él suavicé mucho las tintas, que cada unode ellos ha conocido campos mucho peores. (O sea que, ¿lo sabían?) De los setenta hombres sentados por todo el perímetro de esa herradura, intervienen algunos versados en literatura, los hay que hasta son lectores de Nóvy Mir*ansian reformas, manifiestan una viva repulsa ante nuestras llagas sociales, el abandono del campo...

Y yo, en mi silla, pienso: si la primera y diminuta gota de verdad ha estallado como una bomba psicológica, ¿qué ocurrirá en nuestro país el día en que la Verdad caiga como una cascada?

Y ese día ha de llegar, sin falta.

8. La infancia de la ley

Todo lo olvidamos. No recordamos lo acontecido, la historia, sino tan sólo esa línea punteada de trazo uniforme que han querido estamparnos en la memoria con insistente machaconería.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги