Era el momento propicio para interrogar a Liebert y a Rottenberg, que habían sido citados a declarar. ¡Pero no habían comparecido! Así de sencillo: no se presentaron, se habían quedado en casa. ¡Bueno, pues entonces, como mínimo había que interrogar a Mescherskaya! ¡Imagínense, también esa aristócrata apolillada tuvo la desvergüenza de no comparecer ante el Tribunal Revolucionario!
Cobrado el soborno, Mescherski fue puesto en libertad avalado por Yakúlov y huyó con su mujer a Finlandia. Así que cuando empezó el proceso contra Kósyrev, se resarcieron encerrando a Yakúlov bajo custodia, quizá por haber concedido ese aval, o quizá por ser un reptil chupasangres. Lo condujeron bajo escolta a testificar en el juicio y hay motivos para pensar que al poco lo fusilaron. (Y ahora nos admiramos: ¿Cómo pudo llegarse a tanta ilegalidad? ¿Por qué nadie se rebeló contra ella?)
Godeliuk se ha retractado y está moribundo. ¡Kósyrev no admite nada! ¡Soloviov no es culpable de nada! Y no hay a quién interrogar...
¡Vean, en cambio, qué testigos comparecen ante el tribunal por voluntad propia! El camarada Peters, vicepresidente de la Vecheká, y hasta Félix Edmúndovich en persona, muy consternado. Su alargado y apasionado rostro de asceta está dirigido a los petrificados miembros del tribunal. Y con verbo conmovedor da testimonio de la inocencia de Kósyrev y de sus altas cualidades morales, revolucionarias y profesionales. Por desgracia, no han llegado hasta nosotros sus declaraciones textuales, pero Krylenko dice al respecto: «Soloviov y Dzerzhinski han trazado una magnífica semblanza de las cualidades de Kósyrev» (pág. 552). (¡Ah, imprudente alférez! ¡Veinte años más tarde en la Lubianka te habrían de ajustar cuentas por este proceso!) Es fácil adivinar lo que pudo haber dicho Dzerzhinski: que Kósyrev era un férreo chekista, implacable con los enemigos; que era un buen
Y así de entre los escombros, de entre tanta difamación, surge ante nosotros un Kósyrev-caballero de bronce. ¡Pero si sólo fuera eso! Su biografía demuestra una vitalidad fuera de lo común. Antes de la Revolución había sido juzgado varias veces, las más de ellas por asesinato: por haber entrado arteramente en casa de una anciana de Kostromá, apellidada Smirnova, con el propósito de robar y
Llegado este punto, el acusador se ve interrumpido por las severas y justas voces de preclaros chekistas, quienes le indican que todas esas causas precedentes habían sido vistas portribunales de burgueses y hacendados y no podían ser tenidas en cuenta por nuestra nueva sociedad. ¡Pero, escucha! Completamente desbocado, nuestro alférez descarga desde el banco de la acusación una perorata tan viciada ideológicamente que apenas nos atrevemos a citarla, pues perturba la armonía con que siempre se han desarrollado los procesos ante nuestros tribunales:
«Si algo había en la antigua justicia zarista que fuera positivo y merezca nuestra confianza era únicamente el jurado... Siempre podía uno fiarse de la sentencia del jurado, pues con él, el número de errores judiciales se reducía al mínimo» (pág. 522).
Tanto más mortificante resultaba oír semejantes afirmaciones de labios del camarada Krylenko, cuanto que hacía tres meses, durante el proceso contra el provocador Román Malinovski —antiguo favorito de Lenin, miembro del Comité Central designado a dedo y enviado a ocupar un escaño en la Duma, todo ello a pesar de haber sido condenado cuatro veces por delitos comunes—, la propia Autoridad Acusadora había adoptado una posición de clase irreprochable:
«A nuestros ojos, todo delito es producto del sistema social existente, y en este sentido, toda sentencia por delitos comunes dictada con arreglo a las leyes de la sociedad capitalista y del régimen zarista, no constituye para nosotros un hecho que deje para siempre una mancha indeleble... Conocemos