¡Ya ven con qué elocuencia sabía plasmar el camarada Krylenko el espíritu comunista! Pero ahora acababa de mancillar la imagen caballeresca de Kósyrev con unos razonamientos viciados. Tan tensa era la situación en la sala, que el camarada Dzerzhinski se vio obligado a decir: «Por un segundo (¡vaya, sólo por un segundo! - A.S.) ha pasado por mi mente la idea de que acaso el camarada Kósyrev esté siendo víctima de las pasiones políticas que se han desatado últimamente alrededor de la Cheká».

Krylenko cae en la cuenta del desliz cometido: «No es ni ha sido mi intención convertir este proceso contra Kósyrev y Uspénskaya en un proceso contra la Cheká. ¡No sólo no puedo quererlo, sino que debo oponerme a ello con todas mis fuerzas! [...] Al frente de la Cheká han sido puestos los camaradas más responsables, honestos y firmes. Ellos han aceptado el duro deber de acabar con el enemigo, aun a riesgo de cometer errores[...]. Por ello, la Revolución está obligada a darles las gracias [...]. Recalco este aspecto para que más adelante [...] nadie pueda decir de mí: "¡Fue el instrumento de una traición política!"» (pág. 509-510. La cursiva es mía. - A S.). (¡Y eso fue, ni más ni menos, lo que dijeron!)

¡El Acusador Supremo estaba haciendo equilibrios sobre el filo de la navaja! Pero por lo visto aún le quedaban contactos de la época de la clandestinidad (no olvidemos que había sido de los próximos de Lenin) y por ellos podía saber de qué lado soplaría el viento al día siguiente. Es algo que se nota en bastantes procesos, y también en éste. A principios de 1919 se alzaban algunas voces diciendo que ¡ya basta, que había que poner freno a la Vecheká! Esta tendencia fue «expresada magníficamente en un artículo de Bujarin, diciendo que la legitimidadde la Revolución debía dejar paso a la legalidadrevolucionaria».

¡Con la dialéctica hemos topado! Y encima a Krylenko se le escapan estas palabras: «El Tribunal Revolucionario está llamado a relevar a la Cheká» ( ¿ Relevar ? ) . Por lo demás, este tribunal «debe ser [...] no menos terrible en la aplicación de nuestro sistema de coacción, terror y amenaza de lo que ha sido la Cheká» (pág. 511).

¿Ha sido? ¿O sea que ya la da por muerta y enterrada? Un momento, vamos a ver: vosotros queréis tomar el relevo, pero ¿qué pasa entonces con los chekistas? ¡Malos tiempos! Se comprende que los propios jefes se apresuren a testificar, que se presenten en la sala con su capote militar que les llega hasta los pies.

¿No será que se equivocan sus fuentes de información, camarada Krylenko?

De hecho, aquellos días el cielo de la Lubianka estaba cubierto de nubarrones. Y este libro podría haber seguido otro derrotero. Pero, supongo yo, el férreo Félix debió de visitar a Vladímir Ilich para darle explicaciones y poner las cosas en claro. Y las nubes se desvanecieron, aunque dos días después, el 17 de febrero de 1919, una disposición especial del VTsIK privaba a la Cheká de sus derechos judiciales (es decir, ¿que preservaba los extrajudiciales?), «aunque, ciertamente, no por mucho tiempo» (pag 14).

Surge ahora una nueva complicación en esta única jornada de debate judicial: el comportamiento indecoroso de la abyecta Uspénskaya. Desde el banquillo de los acusados se dedicó a «salpicar de lodo» a otros destacados chekistas no implicados en el proceso, ¡hasta al propio camarada Peters! (Por lo visto, aquella mujer había utilizado ese inmaculado nombre en sus operaciones de chantaje; hasta ese momento había gozado de total libertad para presenciar en el despacho de Peters sus conversaciones con otros confidentes.) La mujer hace unas alusiones al oscuro pasado prerrevolucionario del camarada Peters en Riga. ¡En qué víbora se había convertido en tan sólo ocho meses! ¡Y eso que todo ese tiempo lo había pasado rodeada únicamente de chekistas! ¿Qué hay que hacer con una persona así? Krylenko se muestra del todo de acuerdo con los chekistas: «mientras el régimen no se haya afianzado —y para ello falta aún mucho tiempo (¡no me digas!)— [...], con miras a defender la Revolución... no hay ni puede haber para la ciudadana Uspénskaya otro castigo que su aniquilación».¡No ha dicho «fusilamiento», sino «aniquilación»! ¡Pero si es una criatura, camarada Krylenko! Ande, échele diez años, un cuarto de siglo si quiere, ¿no cree que para entonces el régimen ya se habrá afianzado? Es una lástima, sí, pero: «en interés de la sociedad y de la Revolución la respuesta no es ni puede ser otra y tampoco puede plantearse la cuestión de otra manera. Ante un caso así,ninguna medida de aislamiento surtiría efectos» (pág. 515).

Y es que Uspénskaya se había pasado de la raya... Debía de saber demasiado...

Hubo que sacrificar también a Kósyrev. Lo fusilaron. Todo con tal de que los demás quedaran incólumes.

¿Podremos leer algún día los antiguos archivos de la Lu-bianka? No, los quemarán. Los han quemado ya.

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