«Incluso aunque admitiéramos que se ha afianzado la situación de la república y que ya no la amenaza peligro directo alguno que pudiera proceder de estas personas, me parece indudable que en este periodo de edificación [...] la purga [...] de estos viejos camaleones [...] es una exigencia dictada por la necesidad revolucionaria». «La disposición de la Cheká sobre la abolición de los fusilamientos... es algo que enorgullece al régimen soviético.» Pero esto «no nos obliga a suponer que la cuestión haya quedado zanjada de una vez por todas [...] ni que vaya a ser extensiva a cualquier otra época del régimen soviético distinta a la actual» (págs. 80-81).

¡Muy profético! ¡Volverían los fusilamientos, claro que volverían, y además muy pronto! ¡Con la de gente que aún habría que liquidar! Toda una hilera (entre ellos el propio Krylenko y muchos de sus hermanos de clase...)

Pues bien, el tribunal tuvo en consideración estas observaciones y condenó a Samarin y a Kuznetsov a ser fusilados, aunque de forma que pudieran acogerse a la amnistía: ¡los mandaron a un campo de concentración hasta la victoria total sobre el imperialismo mundial!(O sea, que aún deben seguir allí...), y para «el mejor hombre que el clero había sido capaz de dar», quince años conmutados a cinco.

Para que la acusación contara con algo más sólido, se había implicado en el caso a otros acusados: unos frailes y unos profesores de Zvem'gorod relacionados con el «caso Zvenígorod» del verano de 1918, que por alguna razón llevaban año y medio a la espera de juicio (aunque quizá ya estuvieran condenados y si los juzgaban ahora por segunda vez, era porque convenía al caso). Aquel verano, unos agentes de los sovietsse presentaron ante el abad Jonás [187] 6en el monasterio de dicha población y le exigieron (¡muévase! ¡deprisa!) que les entregara las reliquias del venerable Sawa. Los agentes no sólo estaban fumando en el templo (y evidentemente ante el altar) además, como es natural, de no haberse quitado la gorra, sino que encima, el que tenía en sus manos el cráneo del venerable Sawa escupió en su interior para demostrar así que su santidad era imaginaria. No fue éste el único sacrilegio. Todo ello dio lugar a que las campanas tocaran a rebato, tras lo cual en el pueblo se organizó una revuelta que terminó con la muerte de uno de los agentes. Los restantes se obstinaron después en negar que hubieran cometido sacrilegios ni escupido en la calavera y Krylenko se contentó con sus declaraciones.

¿Quién no recuerda tales escenas? La primera impresión de toda mi vida —tendría yo tres o cuatro años— fue en la iglesia de Kislovodsk, cuando entraron los capirotes (chekistas con gorras de punta a lo Budionni), se abrieron paso entre la multitud orante, muda de estupefacción, y fueron derechos hacia el altar a interrumpir el servicio divino, sin quitarse la capucha.

Así pues, los llevaron ante el tribunal ¿A los agentes? No hombre, no... a los frailes.

Rogamos al lector que siempre tenga presente que ya a partir de 1918 se implantó en nuestro país una nueva práctica judicial: entender cada proceso celebrado en Moscú (excepto, como es natural, el injusto proceso contra la Cheká) no como el examen de un caso particular surgido de unas circunstancias fortuitas, sino como una señal de la política judicial; un modelo puesto en el escaparate igual al que desde el almacén se servirá a provincias; un patrón, una solución que se presenta como muestra a los alumnos antes de plantearles una serie de problemas de aritmética, y por la cual deberán resolver por sí mismos el resto.

Así, aunque hablemos de un «proceso contra el clero», debemos entender que los hubo a manos llenas. Por si hubiera dudas, el propio Acusador Supremo nos lo explica de buen grado: «En casi todos los tribunales de la república se desencadenaron »procesos similares (pág. 61). Hace muy poco los hubo en los tribunales de Severodvinsk, Tver, Ria-zán, y también en Sarátov, Kazan, Ufa, Solvychegodsk y Tsa-revokokshaisk. Llevaron a juicio a los clérigos, a los sacristanes y a los feligreses más activos de esa desagradecida «Iglesia ortodoxa liberada por la Revolución de Octubre».

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