Como habrá visto el lector, éste fue un proceso de poca monta que bien podríamos no haber relatado. Pero a ver qué les parece éste:
El proceso contra «el clero»(11-16 de enero de 1920) ocupará, en palabras de Krylenko, «el lugar que le corresponde en los anales de la Revolución rusa». ¡Nada menos que en los anales! O sea que no es casualidad que lo de Kósyrev lo despacharan en un solo día y que en cambio a éstos los tuvieran cinco días en salmuera.
He aquí los principales acusados: A.D. Samarin, hombre muy conocido en Rusia, procurador general* del Santo Sínodo,* celoso defensor de la independencia de la Iglesia frente al régimen zarista, enemigo de Rasputin, quien hizo que lo depusieran de su cargo (pero el acusador pensaba: Rasputin o Samarin, ¿qué más da?); Kuznetsov, profesor de derecho Canónico de la Universidad de Moscú; y, finalmente, dos arciprestes de Moscú: Uspenski y Tsvetkov. (De Tsvetkov diría ese mismo acusador: «es una importante personalidad pública, quizá la mejor que haya podido dar el clero; un filántropo».)
Su delito: haber constituido un «Consejo Parroquial de Moscú», que a su vez había creado (con feligreses voluntarios de cuarenta a ochenta años) una escolta para el Patriarca —naturalmente, desarmada— cuya misión era hacer guardia día y noche ante su residencia, de manera que la comunidad, en caso de que el Patriarca se viera amenazado por las autoridades, pudiera ser alertada tocando a rebato y por teléfono. Tras ello, tenían previsto ir en grupo detrás del Patriarca a donde lo llevaran, y suplicar al Sovnarkom (¡por ahí asoma la cabeza la contrarrevolución!) que lo dejaran en libertad.
¡Qué idea tan propia de la antigua Rusia, de la santa Rusia. ¡Tañer campanas e ir en multitud a presentar una súplica!
El acusador no salía de su asombro: ¿Qué amenaza podía pender sobre el Patriarca? ¿Qué necesidad había de protegerlo?
En realidad, ninguna; únicamente que la Cheká practica desde hace dos años la represión extrajudicial contra quienes le resultan incómodos; únicamente, que hace poco cuatro soldados del Ejército Rojo han asesinado en Kiev al metropolita; únicamente, que «el expediente del Patriarca ya está terminado y sólo falta remitirlo al Tribunal Revolucionario» y «sólo el trato cuidadoso que requieren las amplias masas de obreros y campesinos, aún influidas por la propaganda clerical, hace que
Veamos el segundo delito de los acusados. Por todo el país se estaba procediendo al registro e incautación de los bienes de la Iglesia (tras el cierre de monasterios y la confiscación de tierras, ahora iban a por las patenas, cálices y candelabros). El Consejo Parroquial difundió una proclama a los fieles: debían oponerse a las requisas tocando a rebato. (¡Era la reacción más natural! ¿No fueron defendidos de este modo nuestros templos cuando los tártaros?)
Y la tercera falta: la incesante presentación de
Una vez examinadas todas las acusaciones, ¿qué condena cabría pedir para tan abominables crímenes? ¿Qué le susurra al lector su conciencia revolucionaria? Exacto: ¡sólo la pena de muerte! Y ésta fue precisamente la petición de Krylenko (para Samarin y Kuznetsov).
Y en plena lucha a brazo partido por respetar la maldita legalidad, mientras soportaban aquellos discursos, demasiado extensos, de unos abogados burgueses demasiado numerosos (discursos que no han llegado a nosotros por razones de orden técnico), se supo que... ¡se había abolido la pena de muerte! ¡Chúpate ésa! No puede ser, ¿cómo es posible? Resulta que Dzerzhinski lo había dispuesto así en la Vecheká (¿La Cheká sin fusilamientos?) ¿Y alcanza la abolición a los tribunales dependientes del Consejo de Comisarios del Pueblo? Todavía no. Krylenko cobró nuevos ánimos y continuó exigiendo el fusilamiento, basándose en lo siguiente: