Desde la primera estación fronteriza, y en cada una de las paradas siguientes, el vagón de los socialistas se vio asaltado por obreros airados que les pedían cuentas por sus intenciones contrarrevolucionarias, y a Vandervelde por haber firmado el expoliador Tratado de Versalles. En ocasiones hasta les rompían los cristales del vagón y prometían partirles la cara. No obstante, la recepción más calurosa la tuvieron en la estación Vindava de Moscú: les esperaba una plaza atiborrada de manifestantes cantando, con banderas y orquestas. Enormes pancartas decían: «¡Señor ministro de la Corona Vandervelde! ¿Cuándo comparecerá usted ante el Tribunal Revolucionario?», «Caín, Caín, ¿dónde está tu hermano Karl?». Cuando los extranjeros salieron a la calle, les gritaron, silbaron, abuchearon y amenazaron, mientras un coro cantaba:
Ahí viene, viene Vandervelde.
Nos visita el rufián más redomado.
¡Qué alegría tenerlos de invitados! :
Pero, amigos, ¿no echáis a faltar
una soga para poderlo ahorcar?
(Y se produjo una escena incómoda: Rosenfeld distinguió entre la multitud al propio Bujarin silbando alegremente con los dedos en la boca.) Durante los días siguientes unas farándulas de payasos recorrieron Moscú en camiones engalanados. En un entarimado, cerca del monumento a Pushkin, se había montado un espectáculo permanente para representar la traición de los socialistas revolucionarios y de sus defensores. Trotski y otros oradores iban por las fabricas exigiendo con inflamados discursos la pena de muerte para los socialistas revolucionarios y organizaban votaciones tanto entre los obreros comunistas como entre los no militantes. (Ya en aquella época no eran pocas las soluciones de que disponían para los disconformes: despedirlos de la fábrica en una época en que abundaba el desempleo, privar al obrero de acceso al economato, eso sin hablar de la Cheká.) Y vaya si votaron. Luego hicieron circular por las fábricas unas peticiones exigiendo la pena de muerte y llenaron los periódicos con esas peticiones y el número de firmas recogidas. (Cierto que aún podía encontrarse quien no estuviera de acuerdo y quien incluso se atreviera a manifestarlo en público; no hubo más remedio que practicar algunos arrestos.)
El 8 de junio empezó el juicio. Se juzgaba a treinta y dos personas, de las que veintidós eran presos de Butyrki y diez, arrepentidos, iban sin alguaciles de escolta y eran defendidos por el propio Bujarin y unos cuantos miembros de la Komin-tern. (Bujarin y Piatakov disfrutaron mucho con esta parodia de la justicia, sin presentir la burla que les deparaba el destino. Pero el destino también había de darles tiempo para reflexionar: aún les quedan quince años de vida por delante a cada uno, y también a Krylenko.) Piatakov se comportaba con rudeza y no dejaba que los acusados se expresaran. Sostenían la acusación Lunacharski, Pokrovski, Clara Zetkin. (El pliego de cargos llevaba también la firma de la esposa de Krylenko, que había estado al frente de la instrucción sumarial: el trabajo de una familia unida.)
No había poca gente en la sala: unas mil doscientas personas, pero de éstas sólo veintidós eran parientes de los también veintidós acusados. Los demás eran todos comunistas, chekistas de paisano y personas escogidas. A menudo, el público interrumpía con sus gritos a los acusados y a sus defensores. Los intérpretes transmitían tergiversadamente a los defensores la palabras del tribunal y a los jueces, las palabras de los abogados defensores, cuyas peticiones el tribunal rechazaba con burlas; no se admitía la comparecencia de los testigos de la defensa y las actas taquigráficas se llevaban de tal modo que resultaba imposible reconocer en ellas hasta los discursos propios.
En la primera sesión, Piatakov declaró que el tribunal descartaba por anticipado un examen imparcial de los hechos y que tenía la intención de interpretarlos ateniéndose exclusivamente a los intereses del régimen soviético.
Una semana después los abogados extranjeros cometieron la indelicadeza de elevar una queja al tribunal, porque, según ellos, estaban incumpliéndose los acuerdos de Berlín. El tribunal respondió de forma altanera diciendo que la administración de justicia no podía estar ligada a ningún acuerdo.
Los abogados socialistas quedaron definitivamente desmoralizados, su presencia en aquel juicio no estaba sirviendo más que para crear la ilusión de que se trataba de un proceso judicial normal, por lo que renunciaron a la defensa y ya no querían más que volverse a casa, a Europa, pero no les dejaban partir. ¡Los honorables invitados se vieron obligados a