Reunieron columnas de obreros de las fábricas (en algunas cerraron las puertas para que no se dispersaran antes, en otras les retiraron las tarjetas de fichar, en unas terceras, por el contrario, les ofrecieron una comida), con banderas y pancartas en las que se leía «muerte a los acusados» y como es de suponer, se les unieron columnas de soldados. Dio comienzo un mitin en la Plaza Roja. Habló Piatakov, que prometió un castigo ejemplar, hablaron Krylenko, Kámenev, Bujarin y Radek, la flor y nata de la oratoria comunista. Luego los manifestantes se dirigieron al edificio del tribunal, en cuyo interior, Piatakov, que había vuelto a entrar en él, ordenó colocar a los acusados ante las ventanas abiertas bajo las que rugía la multitud. Allí permanecieron soportando una granizada de insultos y burlas, y a Gotz le alcanzó una pancarta de esas que decían «muerte a los socialistas revolucionarios». Todo esto, en conjunto, duró cinco horas desde el cierre de las fábricas, hasta el crepúsculo (era la época de las noches semi-blancas de Moscú). Piatakov declaró en la sala de la audiencia que una delegación de manifestantes pedía ser admitida. Krylenko argumentó que, si bien ello no estaba contemplado por la ley, el espíritu del régimen soviético lo permitía plenamente. Así pues, la delegación irrumpió en la sala y estuvo un par de horas pronunciando discursos insultantes y amenazadores, así como exigiendo la pena de muerte. Los jueces escuchaban, repartían apretones de manos, daban las gracias y prometían ser implacables. El ambiente estaba tan caldeado, que los acusados y sus parientes temían que los lincharan allí mismo. (Gotz, nieto de un rico comerciante de tés que simpatizaba con la revolución, brillante terrorista en tiempos del zar, ejecutor de atentados y asesinatos —Durnovo, Mien, Rieman, Akímov, Shuválov, Rachkovski—, ¡nunca en toda su carrera armada se había encontrado en una situación como aquélla!) Pero la campaña de ira popular terminó aquí, por más que el juicio había de continuar todavía mes y medio. Al día siguiente, se marcharon también los jueces y abogados soviéticos (les esperaban el arresto y la deportación).

Aquí pueden reconocerse ya muchos de los rasgos futuros que ahora nos son familiares, pero todavía faltaba un buen trecho para que la voluntad de los acusados estuviera sometida, o para que éstos se vieran obligados a declarar contra sí mismos. Además, aún encontraban apoyo en la tradicional ilusión de los partidos de izquierda que se creen defensores de los intereses de los trabajadores. Tras tantos años perdidos en pactos y concesiones, habían recobrado una firmeza tardía. El acusado Berg recriminaba a los bolcheviques que hubieran disparado contra los manifestantes que defendían la Asamblea Constituyente; el acusado Liberov decía: «me reconozco culpable de no haber hecho lo bastante para derribar el régimen de los bolcheviques en 1918» (pág. 103). Evguenia Ratner afirma lo mismo, y de nuevo Berg: «Me considero culpable ante la Rusia obrera de no haber sabido luchar con todas mis fuerzas contra el sedicente régimen obrero-campesino, aunque espero que aún no haya pasado mi hora». (Pues ha pasado, amiguito, ha pasado.) Mantenían la vieja pasión por las frases altisonantes, ¡pero también una gran firmeza!

Argumenta el fiscal que los acusados son un peligro para la Rusia soviética porque consideran beneficioso todo cuanto hicieron.«Quizás alguno de los acusados hasta se consuele pensando que algún día las crónicas tendrán palabras de elogio hacia él o su conducta ante el tribunal.»

El acusado Hándelman dio lectura a una declaración: «¡No reconocemos vuestro tribunal!». Era jurista y se distinguió por sus discusiones con Krylenko sobre la manipulación de las declaraciones de los testigos, sobre «los desacostumbrados métodos en el trato de los testigos antes del proceso» (léase: el evidente tratamiento preparatorio de los mismos por parte de la GPU). (¡Y es que ya lo tenían todo! Sólo faltaba apretar un poco más para obtener una confesión ideal.) Pudo saberse que la fase previa a la instrucción la había supervisado el fiscal (el mismo Krylenko) y que en el curso de la misma se habían nivelado conscientemente algunas declaraciones que no cuadraban.

Bueno, ¿y qué? ¿Qué, si había asperezas? ¿Qué, si la labor estaba incompleta? A fin de cuentas... «es nuestro deber decir con toda claridad y sangre fría [...] que lo que nos preocupa no es cómo vaya a juzgar la Historia la obra que hemos llevado a cabo» (pág. 325).

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