Entretanto, Krylenko, para superar el trance, trae a colación las
Y es que desde un punto de vista profesional, a Krylenko le disgustaba haber perdido medio año en preparativos, dos meses desgañitándose en la sala y quince horas deshilvanando su discurso de acusación, tanto más cuando todos aquellos acusados «habían estado en manos de los órganos extraordinarios no una vez ni dos, en una época en que dichos órganos disponían de poderes excepcionales; pero gracias a unas u otras circunstancias
Naturalmente, la sentencia no podía ser otra: «¡Fusilarlos a todos, del primero al último!» Pero, magnánimo —los ojos de todo el mundo estaban puestos en este juicio—, Krylenko concede: la petición fiscal «no constituye una directiva para el tribunal», por lo cual éste no «está obligado a considerarla ni a satisfacerla» (pág. 319).
¡Pues vaya un tribunal si hacía falta explicarle esto!
Después de esta incitación a la pena de muerte por parte del fiscal, se propuso a los acusados que manifestaran su arrepentimiento y que renegaran de su partido. Todos se negaron.
El tribunal tuvo la audacia de no condenar a muerte a todos, «del primero al último», sino sólo a doce de ellos. A los demás les aguardaban la cárcel y los campos penitenciarios. Se decidió asimismo incoar causas contra un centenar de personas más.
Y recuerde el lector, recuerde: «todos los tribunales de la república tienen puestas sus miras en el Tribunal Revolucionario Supremo, [que] les proporciona instrucciones normativas» (pág. 407), toda sentencia del Tribunal Revolucionario Supremo se utiliza «como directriz normativa» (pág. 409). Que cada cual eche, pues, la cuenta de los que despacharon en provincias.
Pero, como medida del valor que tal vez quepa dar a todo este, proceso, hallamos la casación del Presidium del VTsIK. Las sentencias son sometidas a revisión durante una conferencia de dirigentes del RKP(b), en la que se propone conmutar la pena de muerte por la de destierro en el extranjero. Pero intervienen Trotski, Stalin y Bujarin (¡Vaya troika! ¡Y los tres al unísono!): concédanles veinticuatro horas para que abjuren y denles, si lo hacen, cinco años de destierro dentro del país; de otro modo, que sean fusilados inmediatamente. Al final se aceptó una proposición de Kámenev, que se convirtió en resolución del VTsIK: confirmar la sentencia a muerte pero suspender su ejecución. El destino de los condenados pasa a depender del comportamiento de los socialistas revolucionarios que quedaban en libertad (comprendidos, evidentemente, los que hay en el extranjero). Si los eseristas persistían en su conducta, aunque sólo fuera con propaganda y actividades clandestinas —y con mucha mayor razón si reemprendían la lucha armada—, aquellos doce hombres serían fusilados.
Y los sometieron a un suplicio de muerte: cualquier día podía ser el día del fusilamiento. Los sacaron de la accesible prisión de Butyrki y los trasladaron a las entrañas de la Lubianka; les prohibieron las entrevistas, las cartas y los paquetes. Por lo demás, detuvieron también a algunas de sus esposas y las mandaron fuera de Moscú.
En los campos de Rusia se recogía ya la segunda cosecha de la paz. Ya no había disparos en ninguna parte, salvo en los patios de la Cheká (Perjurov, fusilado en Yaroslav; el metropolita Benjamín, en Petrogrado; y tantos otros, sin tregua y sin fin). Bajo un radiante cielo azul, como azuladas olas, se embarcaban hacia el extranjero nuestros primeros diplomáticos y periodistas, pero el Comité Ejecutivo Central del Consejo de Diputados Obreros y Campesinos se guardaba en prenda estos rehenes de por vida.
Los miembros del partido en el poder habían leído los sesenta números de