¿De qué se extrañaron después, en 1937? ¿De qué podían quejarse? ¿No se habían sentado todas las bases de la arbitrariedad judicial, primero con la represión extrajudicial de la Cheká más la represión judicial de los tribunales militares revolucionarios, y después con estos primeros procesos según el joven Código? ¿Acaso 1937 no iba también a
A Krylenko se le escaparon unas palabras proféticas: no estamos juzgando el pasado sino el futuro.
Al segar, lo más difícil es el primer golpe de guadaña.
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Hacia el 20 de agosto de 1924, Boris Viktorovich Savínkov cruzó la frontera soviética. Inmediatamente fue detenido y llevado a la Lubianka.
Sobre este regreso se han hecho muchas conjeturas. Pero hace poco, la revista soviética
La instrucción del proceso se redujo a un solo interrogatorio, que abarcaba únicamente las declaraciones voluntarias del encausado y una evaluación de sus actividades. El 23 de agosto el auto de procesamiento ya obraba en poder del tribunal. (Una rapidez increíble, pero que surtió su efecto. Alguien había calculado con acierto que torturar a Savínkov para arrancarle una penosa y falsa declaración habría echado por tierra la verosimilitud del caso.)
En el pliego de acusaciones, redactado en una terminología perfeccionada para volver cualquier cosa del revés, se culpaba a Savínkov de todo lo imaginable: de haber sido un «pertinaz enemigo del campesinado más pobre»; de «ayudar a la bur- guesía rusa en sus aspiraciones imperialistas» (es decir, de haber estado en 1918 a favor de continuar la guerra contra Alemania); de «haber mantenido contacto con representantes del mando aliado» (¡en la época en que era administrador del Ministerio de la Guerra!); de «haber entrado a formar parte, con fines provocativos, de los comités de soldados» (es decir: de haber sido elegido por los soldados diputados); o bien —¡ésta sí que es buena!— de haber abrigado «simpatías monárquicas». Pero todo esto no es más que lo viejo; había además acusaciones nuevas que en lo sucesivo no podrían faltar en ningún proceso: aceptar dinero de los imperialistas, espionaje en favor de Polonia (¡ya se habían olvidado del Japón!) e intención de envenenar con cianuro potásico a todo el Ejército Rojo (no había envenenado a un solo soldado).
El proceso empezó el 26 de agosto. Presidía el tribunal Ulrich (es la primera vez que lo encontramos), y no había ningún acusador, como tampoco defensor. Savínkov no hizo grandes esfuerzos por defenderse, casi se mostró apático y apenas intentó rebatir las pruebas. Al parecer, el acusado se vio muy turbado al oír la consabida cantinela, que esta vez, ciertamente, venía como anillo al dedo:
Pero lo más sorprendente fue la sentencia: «La salvaguardia del orden revolucionario no hace indispensable la aplicación de la medida suprema de castigo y, dado que el ánimo de venganza es contrario al sentido de la justicia de las masas proletarias», se conmuta la pena de fusilamiento por diez años de privación de libertad.
Esto causó revuelo y, en aquella época, conmovió muchas mentes: ¿Relajación del poder? ¿Metamorfosis? Ulrich incluso se sintió obligado a dar explicaciones y justificó en las páginas de