Así pues, escogieron a este Palchinski como acusado principal para un nuevo y grandioso proceso. Sin embargo, el imprudente Krylenko se adentraba en el mundo de los ingenieros —para él desconocido— sin tener ni idea no ya sobre resistencia de materiales, sino incluso sin sospechar que también las almas pudieran ofrecer resistencia, y ello pese a sus diez años de ya célebre actividad como fiscal. La elección de Krylenko resultó un error: Palchinski resistió todos los procedimientos que conocía la OGPU y no cedió; de hecho, murió sin haber firmado ninguna idiotez. Junto a él pasaron la prueba, y al parecer tampoco cedieron, N.K. von Meck y A.F. Velichko. Seguimos sin saber si murieron a consecuencia de las torturas o si fueron fusilados, pero demostraron que era posible resistirse, que era posible mantener la firmeza, y con ello desaparecieron dejando tras de sí una ardiente estela de reproche para los ilustres reos que les sucedieron.

El 24 de mayo de 1929, para no tener que reconocer su derrota, Yagoda publicó un breve comunicado de la OGPU en el que se daba a conocer el fusilamiento de los tres hombres por empecimiento a gran escala y la condena de otros muchos cuyos nombres no se mencionaban. [210] 13

¡Y cuánto tiempo perdido en vano! ¡Casi un año entero! ¡Cuántas noches de interrogatorios! ¡Qué derroche de imaginación por parte de los jueces de instrucción! Y todo para nada. Krylenko se vio obligado a empezar de nuevo desde cero: buscar otra figura que fuera fuerte y prestigiosa, al tiempo que totalmente débil y manejable. Pero tan mal comprendía a aquella maldita raza de ingenieros, que perdió otro año en pruebas infructuosas. Desde el verano de 1929 se dedicó a Jrénnikov, pero también Jrénnikov murió sin haber aceptado tan ruin papel. Al viejo Fedótov sí consiguieron doblegarlo, pero era del rimo textil y les hubiera cundido bien poco. ¡Otro año echado a perder! El país esperaba un proceso general contra los empecedores, lo mismo que el camarada Stalin, pero Krylenko no daba pie con bola. Y así hasta el verano de 1930, cuando a alguien se le ocurrió proponer: ¡Ramzin, el director del Instituto Termotécnico! Y lo arrestaron. Bastaron tres meses para ensayar y representar un magnífico espectáculo, una verdadera obra maestra de nuestra justicia y un modelo inasequible para la justicia mundial:

Proceso contra el «Partido Industrial»(25 de noviembre-7 de diciembre de 1930), sesión extraordinaria del Tribunal Supremo, el mismo Vyshinski, el mismo Antónov-Sarátovski, el mismo Krylenko, nuestro amigo entrañable.

Ahora ya no existen «razones de índole técnica» que impidan ofrecer al lector el acta taquigráfica completa del proceso —de hecho, obra en mis manos— [211] 14o admitir corresponsales de prensa extranjeros.

Una iniciativa por todo lo grande: sentar en el banquillo de los acusados a toda la industria del país, todas sus ramas y todos sus órganos de planificación. (Sin embargo, sólo el ojo del escenificador podía advertir que había resquicios, por los cuales ya habían desaparecido la industria minera y el transporte ferroviario.) Y al propio tiempo, parquedad en el material utilizado: los acusados eran únicamente ocho (se habían tenido en cuenta los errores del proceso de Shajty).

Exclamaréis: ¿Y ocho hombres habían de representar a toda la industria? ¡Pues sí, y eran más que suficientes! Tres de los ocho representaban exclusivamente al sector textil, la más importante rama para la defensa nacional. ¿Pero será entonces que había multitud de testigos? Pues siete personas, tan em-pecedores como los acusados y también arrestados. ¿Pero habrá entonces al menos una montaña de documentos inculpatorios? ¿Planos?, ¿proyectos?, ¿normativas?, ¿extractos?, ¿propuestas?, ¿informes?, ¿notas particulares? ¡Nada de nada! O sea, ¡ n i un miserable papelucho ! ¿Pero en qué andaba pensando la GPU? ¿Detener a tanta gente y no guardarse ni un solo papel? «Había muchos», pero «todos han sido destruidos», ya que: «¿dónde íbamos a meter tantos archivos?» Se presentaron al tribunal, únicamente, unos breves artículos publicados tanto en nuestra prensa como en la de la emigración. ¿Y cómo montar la acusación? Por algo estaba ahí Nikolai Vasílievich Krylenko. Por algo habían recurrido a alguien que no era un primerizo. «En toda circunstancia, el mejor indicio continua siendo la confesión de los acusados.» [212] 15

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