¿Cuáles habían sido los repugnantes crímenes de estos ingenieros burgueses? Pues fíjense ustedes: planearon un ritmo de crecimiento retardado (por ejemplo, un incremento anual de la producción de tan sólo el 20-22 %, aunque los obreros estaban dispuestos a llegar hasta un 40 y un 50 %). Se retardaba el ritmo de extracción de combustibles. No habían desarrollado con suficiente rapidez la cuenca hullera del Kuz-nets. Aprovecharon los debates sobre teoría económica (sobre si era preciso suministrar a la cuencia hullera del Donets electricidad procedente de la central del Dniéper; si se debía construir un gran eje de comunicación entre Moscú y la cuenca del Donets) para postergar la solución de problemas importantes. (Todas las obras están manga por hombro, y los ingenieros, venga a discutir, venían a decir.) Retrasaban el examen de los proyectos técnicos (o sea, que no los aprobaban de buenas a primeras). En sus conferencias sobre
-ya oigo murmurar al escéptico
—¡Venga ya, venga ya!... lector.
¿Pero cómo? ¿Es que le parece poco? Y si además durante el juicio repetimos y machacamos cada punto de cinco a ocho veces, quizá ya no resulte tan poco, ¿verdad?
—¡Venga ya, venga ya!... —sigue en sus trece el lector de los años sesenta—. ¿Y no pudo deberse todo esto precisamente a esos contraproyectos? ¿Cómo no va a haber desequilibrios, si cualquier asamblea sindical puede trastocar todas las proporciones como le venga en gana sin consultar siquiera con el Plan Estatal?
¡Oh, qué amargo es el pan de los fiscales! Pues ¿no han decidido que se publique cada palabra? Por consiguiente, también los ingenieros van a poder enterarse de todo. ¡No era momento de salirse por peteneras! Y Krylenko se lanzó impávido a disertar y a hacer preguntas sobre detalles técnicos. Y tanto las páginas interiores como los sueltos de los enormes periódicos se llenaron de sutilezas técnicas en letra menuda. Contaban con que cualquier lector quedaría atontado, que las noches y los días festivos se le harían cortos para leerse todo aquello, de modo que lo dejaría correr, salvo acaso el estribillo introducido regularmente cada cuantos párrafos: ¡Empecimiento! ¡Empecimiento! ¡Empecimiento!
¿Y si a pesar de todo alguien empezaba a leérselo? ¿Y si seguía renglón tras renglón?
Entonces vería —a través de esa maraña de banales auto-inculpaciones, pergeñadas con tanta estulticia e ineptitud— que la Lubianka había echado su nudo corredizo en un asunto que le venía grande, en una tarea que no era de su competencia; que el pensamiento del siglo XX escapaba a ese tosco dogal batiendo fuerte sus alas. Los reos estaban ahí, cautivos, sumisos, con las cabezas gachas, sí; ¡pero su espíritu levantaba el vuelo! Y aunque extenuadas y aterrorizadas, las lenguas de los acusados conseguían contárnoslo todo y llamar a cada cosa por su nombre.
Veamos en qué ambiente habían tenido que trabajar. Kalinnikov: «Debemos reconocer que ha surgido entre nosotros un clima de desconfianza en el terreno técnico». Lárichev: «Tanto si queríamos como si no, era preciso extraer esos 42 millones de toneladas de petróleo (es decir, que habían recibido la orden desde arriba)... ya que 42 millones de toneladas de petróleo son imposibles de extraer en ninguna circunstancia».