En qué otra parte mejor que en ésta podemos contar el final de Bliumkin, intrépidamente acorralado por Mandelstam [205]en pleno cénit de su gloria en la Cheká. Ehrenburg había comenzado a escribir sobre Bliumkin, pero luego se avergonzó de ello y lo dejó. Y no es que falte qué contar. Después de haber aplastado en 1918 a la izquierda eserista, el asesino de Mirbach no sólo no fue castigado, no sólo no compartió la suerte de todos sus compañeros eseristas de izquierdas, sino que se convirtió en el protegido de Dzerzhinski (que también quiso echarle una mano a Kósyrev) y adoptó la apariencia externa de un bolchevique. Si querían conservarlo era, evidentemente, para encargarle asuntos de sangre de gran responsabilidad. En cierta ocasión, en vísperas de los años treinta, fue enviado en secreto al extranjero para cometer un asesinato. . Sin embargo, movido por su espíritu aventurero, acaso por su admiración hacia Trotski, Bliumkin se llegó a las islas de los Príncipes, para preguntarle al Doctor Jurisconsulto si tenía algún recado para la URSS. Trotski le dio un paquete para Radek, Bliumkin lo trajo y lo entregó a su destinatario, y esta visita a Trotski no se habría descubierto de no ser porque el brillante Radek ya se había convertido en un soplón. Radek hundió a Bliumkin, y éste desapareció en las fauces del monstruo que él mismo había alimentado dándole, de su propia mano, la primera leche ensangrentada.

Pero los procesos más importantes, los más célebres están aún por llegar...

10. La madurez de la ley

¿Pero dónde estaban aquellas muchedumbres que en la locura de la desesperación iban a arrojarse desde Occidente contra el alambre de espino de nuestra frontera y que nosotros íbamos a fusilar a tenor del Artículo 71 por regreso no autorizado a la RSFSR? A despecho del pronóstico científico, no había tales muchedumbres y seguía sin tener objeto el artículo que Lenin dictara. En toda Rusia, a nadie salvo al extravagante Savínkov se le había ocurrido regresar, y encima ni siquiera llegaron a aplicarle el mencionado artículo. En cambio, la pena contraria (la expulsión al extranjero como conmutación de la pena de muerte) se puso en práctica sin tardanza y en más de una ocasión.

Por aquellos días, en plena redacción del código, Vladímir Ilich seguía desarrollando su brillante proyecto y, el 19 de mayo de 1922, escribía con mano febril: «¡Camarada Dzerzhinski! A propósito de la expulsión al extranjero de escritores y profesores que hayan colaborado con la contrarrevolución, debo decir que este asunto ha de prepararse con toda cautela. Sin preparación haremos muchas tonterías... Hay que organizar el asunto de tal modo que podamos capturar a esos "espías militares", y seguir capturándolos, y enviarlos al extranjero de manera constante y sistemática. Le ruego que muestre esta carta confidencialmente a los miembros del Politburó sin sacar copias». [206] 09

El carácter confidencial, natural en este caso, venía determinado por la importancia y ejemplaridad que había de revestir la medida. La división de clases en la Rusia soviética, diáfanamente clara, sólo quedaba alterada por ese borrón gelatinoso e impreciso que representaba la antigua intelectualidad burguesa,que, en el terreno ideológico, desempeñaba un papel de verdaderos espías militares.Nada mejor podía ocurrírseles que barrer cuanto antes aquel poso de ideas y arrojarlo más allá de la frontera.

El propio camarada Lenin yacía ya enfermo, pero es evidente que los miembros del Politburó dieron su aprobación, de modo que el camarada Dzerzhinski organizó la batida. A finales de 1922, cerca de trescientos prominentes hombres de letras rusos fueron embarcados... ¿en una barcaza quizá? Nada de eso: a bordo de un vapor, y enviados al vertedero europeo. (Entre los nombres de quienes culminaron su trayectoria en Occidente y alcanzaron la fama figuraban los filósofos: N.O. Losski, S.N. Bulgakov, N.A. Berdiáyev, F.A. Stepún, B.P. Vysheslávtsev, L.P. Karsavin, I.A. Ilin; los historiadores: S.P. Melgunov, V.A. Miakotin, A.A. Kizevetter, I.L. Lapshin; los literatos y periodistas: Y.I. Aijenvald, A.S. Izgóyev, M.A. Osorguin, A.V. Peshejónov. Enviaron pequeños grupos también en 1923, por ejemplo el secretario de Lev Tolstói, V.F. Bulgakov. Por haber andado con malas compañías fueron expulsados también algunos matemáticos como D.F. Selivánov.)

Sin embargo, la batida no llegó a ser constante y sistemática.Quizá fuera el clamor de los emigrados —que agradecían ese «regalo»— quién sabe, pero el caso es que se dieron cuenta de que no era la medida más oportuna, que estaban desaprovechando un buen material para el paredón y que en aquel vertedero podían acabar creciendo flores venenosas. Y abandonaron esta medida. A partir de entonces mandarían toda la basura a juntarse con Dujonino bien al Archipiélago.

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